martes, 24 de octubre de 2017

LA CULTURA DE LA SOBREVIVENCIA



Sergio García Díaz

Al hablar de cultura pienso en la idea que de ésta da Fernando Savater, quien dice que es todo aquello que voluntariamente crea el ser humano. En este sentido, es cultura no sólo lo positivo que pueda mencionar de un pueblo o civilización, sino también aquello que es  más bien negativo como la violencia, las armas, la guerra. Así que cuando hablo de cultura y la refiero a la conducta humana, quiero señalar el hecho de que finalmente nuestro comportamiento tiene mucho de voluntario. Mi manera personal de ser, si bien es aprendida, cada vez que la actúo lo hago desde el convencimiento de mi libre albedrío.

Digo que vivimos en la época de la sobrevivencia porque, contrariamente vivir, en sentido amplio, nos da la idea de que gozamos plenamente de cada una de las situaciones y de los factores que conforman nuestra existencia. Sobrevivir sería disfrutar o disponer a medias de mi propia vida. En una analogía, diría que es como bucear a medias, con una parte del cuerpo sobre la superficie, mientras creemos estar viendo las profundidades del mar. Vivir sería como bucear completamente, con todo el cuerpo dentro del agua, pero además a una profundidad que me permite gozar y maravillarme de todo lo que experimento y  de lo que hay a mi alrededor.

Con cultura de la sobrevivencia me refiero a la manera de crear nuestra vida en estándares de superficialidad, me refiero a la costumbre de vivir nuestra propia vida muy por encima, a la manera de vivir en la que pocas cosas es posible vivirlas con plenitud y, sin embargo, de las cuales somos totalmente conscientes.

De hecho, es por las consecuencias de esta cultura de la sobrevivencia como digo, que me interesé en escribir sobre este tema, al que bien me pareció llamarlo así: frustración, enojo, estrés, violencia, competencia, miedo, tristeza, enfermedad, solitariedad, avaricia, aburrimiento, por mencionar algunas de las cosas que veo que padecen muchas personas hoy en día.

A veces se cree que lo que se vive es lo que se tiene que vivir y la resignación hace su aparición, o la adaptación conformista a las circunstancias, acompañada, sin duda, de coraje, frustración y amargura. Nos quejamos, nos revelamos, pataleamos, desobedecemos, hacemos berrinches, gritamos, nos indignamos y muchas cosas más a las cuales nos hemos acostumbrado también, pero al final muy poco cambiaron las cosas, en el mejor de los casos, o nada, como la mayoría de las veces, cuando no se empeoraron. Nos hemos acostumbrado a sobrevivir a nuestra propia vida, nos desgastamos en sufrirla más que en gozarla, incluso la hemos reducido a su mínima expresión para no complicarnos tanto, pero con ello le hemos restado gran parte de su sentido. En la cultura de la sobrevivencia la vida se nos hizo insípida, poco nutritiva, aburrida, pesada, incluso insoportable. Porque en realidad no estamos hechos para la sobrevivencia, sino para una existencia plena.

Cuando pensaba en esta situación recordaba que en coaching ontológico hablamos de la rueda de la vida, en la que se mencionan los aspectos que nos conforman, en los que ocupamos nuestra vida. Y me di cuenta que en esos mismos aspectos hemos aprendido muy bien a sobrevivir, es en cada uno de ellos donde nos estamos gastando casi que inútilmente. Precisamente en esos mismos aspectos es donde habría que dar el paso de la sobrevivencia a una vida plena, en sentido amplio y profundo.

Estos aspectos son: salud, emocionalidad, relaciones, estudios, trabajo, patrimonio, dinero, ocio. La pregunta obligada es: ¿vives o sobrevives en cada uno de estos aspectos? ¿Sientes medio cuerpo fuera del agua y crees bucear en las profundidades de tu vida? Cada uno de estos elementos de la rueda de la vida da para escribir mucho, pero mi intención era sólo hablarte de lo que llamo la cultura de la sobrevivencia. Así que la otra parte de este breve escrito… la escribes tú.


04/10/2014

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lunes, 23 de octubre de 2017

LA CULTURA DEL MIEDO



Sergio García Díaz

Si me preguntaran qué de lo que hay en mi vida lo he elegido conscientemente, quizá me sorprendería al darme cuenta que mucho de lo que considero como parte de mi forma de ser, de pensar, de sentir, de vivir la vida, en realidad lo recibí de los demás en algún momento, quiero decir, lo aprendí así, lo adapté y ahora soy quien soy. Esto es lo mejor que humanamente hacemos. Y así es como vamos por la vida buscando ser felices, realizando nuestras metas, aprendiendo de los errores, viviendo las pérdidas, disfrutando las alegrías de la vida, conociendo a otras personas, relacionándonos con los problemas de la existencia y hasta con el mismo Dios.

Considero, sin embargo, como ya lo han dicho los grandes pensadores del desarrollo humano, que algo muy necesario que nos conviene aprender es, precisamente, a des-aprender. Sobre todo aquellas cosas que nos limitan y nos hacen, una y otra vez, menos felices, menos plenos, que nos quitan la paz o la serenidad para vernos capaces de mucho más de lo que consideramos.

De entre todo lo que podríamos des-aprender, el miedo es lo primero, pues lo aprendimos desde pequeños como una manera sana de convivencia y de autoprotección. Efectivamente, el miedo tiene una función muy clara, ponernos en alerta frente a posibles peligros. El problema es que perdimos de vista la “posibilidad” de los peligros y en su lugar sólo percibimos su necesidad, no hacemos más que ver cualquier peligro como inminente, como algo que debe ocurrir por el hecho de percibirlo. Aquí es donde surgen dos actitudes muy comunes: por un lado, al vernos enfrentados frecuentemente a peligros, resulta fácil volverse víctima de ellos, entonces la autocompasión surge como una manera de sentirse vivo y de pedir ayuda, aunque sea de una manera poco sana; por otro lado, nos autolimitamos al conceder al miedo que sentimos una fuerza mucho mayor que a nuestra capacidad de superar cualquier peligro.

Esta manera de vivir el miedo nos es presentada por todas partes, de todas las maneras posibles. La violencia actual que vive el mundo, guerras, epidemias, inestabilidad económica, hambre, muerte. La corrupción, la drogadicción, la pérdida de empleos, la enfermedad, incluso la vejez, la depresión, el suicidio. La escasez de alimentos, el alza de los precios. La soledad, los divorcios, el maltrato infantil, los feminicidios… podría seguir la lista. Lo que quiero señalar es que estamos tan acostumbrados a estas situaciones, que por consecuencia lo estamos a los que ello nos provoca: el miedo.

Tenemos miedo de enfermarnos, de perder el empleo, de estar solos, de que no nos quieran, de que nos roben, nos secuestren. Tenemos miedo de que nos critiquen, de que piensen que no somos capaces de hacer bien algo, de sufrir un accidente en la carretera, de que no nos alcance el dinero, de quedarnos sin comer. Tenemos miedo de cometer errores, de equivocarnos, de fallarle a alguien, de que Dios nos castigue o en su defecto, nos deje ignorados. Tenemos miedo de perder de vista nuestros objetivos, de flojear, de no ser los padres ejemplares, los hijos amados, los hermanos bien portados. Tenemos miedo de no vivir lo suficiente, de sufrir en la vejez, de perder a un ser querido. Tenemos miedo, a veces, hasta de nosotros mismos.

¿Qué cosas hacemos por miedo? Muchas, muchas que en vez de ayudarnos, nos van acabando poco a poco. Lo que surge del miedo o lo perpetúa o lo transforma en fortaleza. En este contexto, se vuelve necesario comprar seguro de gastos médicos, trabajar hasta el extremo, sacrificar gustos para no ponernos en peligro, alejar a los demás para que no se vuelvan amenazas, desconfiar de todos, portarme siempre bien para que Dios no me castigue o de plano negarlo, exigir a los demás que cumplan nuestras expectativas, en definitiva, quedarnos en nuestra zona de seguridad.

El miedo nos enferma de indiferencia, de autocomplacencia, de aislamiento, de soledad innecesaria y de desconfianza. Esto es lo que hay que des-aprender. Vivimos en una cultura del miedo a la propia vida, como si alguien fuera a salir vivo de ésta.

Yo creo que todas las maneras de vivir son válidas siempre que aporten un poco de felicidad a la vida de los demás. Sólo no vivas con miedo.

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domingo, 22 de octubre de 2017

APRENDER DE NUEVO

Artículo escrito para la Revista Mundo en Español.
Publicado el 16 de junio de 2014.



Aquí les comparto el artículo completo:

APRENDER DE NUEVO

Sergio García Díaz

Estamos acostumbrados a muchas cosas que nos enseñaron desde pequeños. Nuestros padres, maestros y amigos nos heredaron muchas de sus ideas y formas de vida. Las aprendimos así y las hemos considerado ciertas por casi siempre. Pero poco estamos acostumbrados a “cuestionar” eso que aprendimos, esas maneras de ser que nos dijeron que eran las correctas porque se apegaban a normas de moralidad o de convivencia deseable, incluso ciertas formas de pensar la vida en familia, el amor, el trabajo, el negocio, etc. Sí, de mucho nos han servido porque sin ello no seríamos como somos. Pero, ¿todo eso realmente me ha ayudado a sentirme bien conmigo mismo? ¿Realmente me ha ayudado a conseguir lo que me he planteado, a sentirme pleno, realizado, feliz? ¿O más bien ha sido un impedimento? A veces esa herencia puede hacernos sentir mal por lo que pensamos o queremos hacer, porque cuando nuestro propio ser quiere expresarse diferente entra en conflicto con eso.

Hace poco leí una frase que me aclaró algunas cosas, muy importantes por cierto: “Los hijos no son el medio para que los padres se expresen, o realicen en ellos lo que no pudieron o lo que quisieran hacer. Son seres independientes que tienen todo el derecho de expresarse y ser ellos mismos.” Lo que pasa es que a veces no somos capaces de reconocer hasta dónde llega nuestra vida y de qué modo podemos hacerla compaginar con otras vidas, de manera que no sea una invasión o un robo de la libertad y originalidad ajenas. Si lo pensamos así, seguramente reconoceremos que algunas veces hemos visto a los demás como extensiones de nuestra manera de ser o de pensar, de nosotros mismos en pocas palabras. Hemos confundido el respeto con la obediencia y la no existencia del conflicto. No es tan grave el asunto, pues en realidad se trata sólo de aprender de nuevo algunas cosas, sobre todo aquellas que nos ponen en entredicho con nosotros mismos, que nos crean pesos innecesarios sobre los hombros y que nos mantienen anclados.
Además, aprender a ser libres, sin faltar a la justicia y al respeto, aprender a amar bien, sin atentar contra la dignidad de las personas, aprender a ser profesionales sin faltar a la honradez, son actos de valentía en un mundo donde, muchas veces, lo más fácil es lo mejor.

Una tarea como esta no es fácil para quienes tienen miedo de romper esquemas. Pero tal vez sea necesaria si queremos re-inventarnos, re-conocernos, ser auténticos y, hasta cierto punto, atrevidos. Los prejuicios, no nos dejan avanzar en un trato respetuoso, los miedos nos limitan en nuestra creatividad, por ejemplo. Así que para empezar dos aspectos que hay que examinar con humildad son precisamente nuestros prejuicios y nuestros miedos. Muchos de ellos los aprendimos. Y, hoy por hoy, no nos ayudan. A esto me refiero cuando digo que hay que aprender de nuevo, incluso me atrevo a decir que hay que aprender nuevas formas de aclarar nuestros prejuicios para que se conviertan en experiencias de vida más simples, hay que aprender nuevas maneras de vencer nuestros miedos para dar paso a la seguridad en uno mismo y a una vida proactiva y con un fuerte espíritu de lucha.

Recuero dos narraciones. La primera un tanto figurada, la segunda es real. Un águila creció entre gallinas por azares del destino y aprendió que no era propio de ella volar. Cuando vio a unas águilas en lo alto del cielo no se identificó con ellas aun cuando tenía mucho parecido. Los elefantes de los circos normalmente los tienen atados a un simple tronco o a un pequeño clavo en la tierra. Permanecen allí como si estuvieran encadenados a algo invencible para ellos. En el primer caso, el águila tenía unas alas más fuertes que las de las gallinas y, sin embargo, no aprendió a usarlas para volar, algo que bien podía hacer. Nunca descubrió que su ser pertenecía a los vientos y a la caza. En el segundo caso, los elefantes son domados para obedecer, para sentirse dominados, en muchos casos a base de golpes. Nunca llegan a descubrir lo fuerte que son.

Los prejuicios y los miedos que no nos hemos atrevido a cuestionar nos mantienen en tierra sin dejarnos desplegar nuestro potencial y sin dejarnos ver lo fuerte que somos y todo aquello de lo que somos capaces. Llega un momento en la vida, en que quizá nos damos cuenta que no es que no tengamos alas, o no que no seamos fuertes, sino que en realidad hay algo que nos detiene. Cuando eso pasa, estamos en el camino correcto del aprender de nuevo. Lo importante será plantearnos qué queremos aprender de manera diferente y para qué queremos aprenderlo. Sólo así la vida se vuelve un vuelo alto,  a veces muy alto, y un paso firme y fuerte, a veces muchos pasos firmes y fuertes. Así, todos aprendemos de nuevo.

Artículo para la revista Mundo en Español.

14 de junio de 2014.

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martes, 13 de junio de 2017

CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE




Contemplari et contemplata aliis tradere

Sergio García Díaz


A cada paso que la humanidad avanza existe un riesgo de fragmentación, entiéndase parcialización o división de la misma experiencia de lo humano. Paradójicamente, no todo avance es sinónimo de integración. Más bien, hemos pasado de la comprensión del todo, a la exclusividad de las partes. Este es el riesgo de considerar que el método científico es el único modo válido de crear una perspectiva acertada de explicación de la realidad. En otras ocasiones, nos hemos conformado con la tecnificación de la comodidad y de la seguridad ofrecidas por los bienes de consumo de un sistema capitalista en el que el riesgo no forma parte más que como justificación de su contrario, la seguridad. De hecho, en aras de la tan deseada previsión y control de la vida misma, nos hemos creído que somos incapaces de vivir en un mundo tan cambiante, al punto que consideramos amenaza todo lo que nos incomoda. Sin darnos cuenta, defendemos ideas que fragmentan, cada vez más, la propia visión de la realidad, más peligrosamente, de la propia realidad individual. La especialización de las ciencias, exigida como garantía de éxito profesional, ha minado el modo de apropiarnos de las voces de los otros, haciendo de esa opinión un eco cuyo sujeto no interesa. Consideramos que la propia voz es la única con tintes de verdad, porque además la hemos vuelto excluyente e individualista.

No es raro, entonces, poner bajo la lupa de la especialización aspectos que de suyo tienden a integrar la experiencia de lo humano, de los cuales hemos perdido la interacción que los constituye, precisamente, en partes significativas de un todo incluyente e integral, me refiero a la espiritualidad, el conocimiento, la comunicación y el silencio. Insisto en el riesgo de la parcialización y la absolutización de la propia opinión, frente a la de otros, en cualquiera de estos aspectos. Nos volcamos al aislamiento, más que a la integración de las experiencias. Nos hemos vuelto especialistas de la vida cuando sólo podemos contar la propia y, en todo caso, describir lo que desde la perspectiva personal nos es posible percibir.

Considero que en la espiritualidad, en el conocimiento, en la comunicación y en el silencio, las personas tenemos una garantía de humanización y de integración como sociedad. De hecho, es en estos aspectos donde lo auto-referencial excluyente puede volverse alter-referencial incluyente. La realidad es multi-significativa. En la medida en que sepamos integrar sus diversos significados estaremos en la posibilidad de construir caminos de comunión, de diálogo y de convivencia pacífica. Eso es posible tanto cuanta más apertura tengamos a la experiencia de los otros.

La contemplación supone una integración de las experiencias de la realidad, las cuales pueden venirme de lo ajeno, lo diferente, lo nuevo, lo desconocido, lo lejano. Supone un ejercicio no sólo del intelecto, sino también de la voluntad. Es más una experiencia de desapego de los prejuicios para aproximarse a la autenticidad de lo diverso. La contemplación está lejos de las valoraciones moralistas para dar paso a la vivencia de lo que es y acontece frente a uno mismo. Hoy, más que nunca, va a la par de la admiración, pues tanto a la una como a la otra las hemos perdido como experiencias válidas y dignas de ser enseñadas. Ni la contemplación ni la admiración son contrarias al valor de la experiencia individual ya que ambas son incluyentes de lo humano. De aquí que contemplari et contemplata aliis tradere (contemplar y dar a los demás lo contemplado) es un ejercicio de profunda espiritualidad, conocimiento, comunicación y silencio.


(13 de junio de 2017)

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sábado, 15 de abril de 2017

POBREZA Y EXCLUSIÓN



Jesús fue parcial. Así es, tomó parte por los pobres y los excluidos. Normalmente quien es pobre es excluido; y quien es excluido se le hace pobre. Para comprender la opción de Jesús necesitamos entender tanto la pobreza y la exclusión en sentido amplio, aunque sin perder de vista que siguen siendo situaciones de marginalidad humana. La muerte de Jesús en la cruz es la elevación, en forma de entrega total, a Dios Padre de esta realidad denigrante e inhumana. La pobreza y la exclusión se traducen, hoy en día, en toda forma, por mínima que sea, de marginalidad humana que creamos por intereses personales o institucionales, por rencores, odios u orgullo, por descuido o por prestigio mal entendido. Cuando Jesús pide perdón para quienes lo están matando, también lo pide por nosotros que lo matamos en la persona de otros/as y nos autojustificamos en leyes o proyectos institucionales. Que Dios nos perdone por cuantas veces no hemos discernido bien y no hemos sabido tomar parte por quienes decimos entregar nuestra vida, cuando en realidad no hemos dejado atrás lo que en nosotros provoca muerte. La gran parte que nos falta por seguir profundizando a los cristianos es en la vida que nos espera si no perdemos la fe en Dios.

Sergio García

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SERVICIO Y HUMILDAD


Me atrevo a pensar que el centro de la celebración del jueves santo es, además del servicio, sobre todo la humildad. Muchas veces los cristianos hemos hecho una dicotomía de estas dos actitudes sobrevalorando la primera. Olvidamos muy frecuentemente que sin humildad el servicio es mera vanagloria y a veces hipocresía, pues al olvidarla nos colocamos por encima de quien ayudamos, aun cuando nos arrodillemos. Servir con humildad nos capacita para reconocer la verdadera humanidad de quien tenemos en frente, una humanidad frágil y necesitada, que bien podría ser la nuestra, nuestra vida podría ser la necesitada. Servir sin humildad nos hace arrogantes y orgullosos e incluso nos lleva a negar que necesitamos ser ayudados. Reconocer y aceptar que también nuestros pies deben ser lavados, nuestro ser purificado y nuestro corazón renovado es superar esa dicotomía que nos ha hecho mucho mal como Iglesia.
-Sergio García

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domingo, 8 de enero de 2017

VIAJE A MARTE



Sergio García Díaz

A la cuenta de tres vas a aguantar la respiración lo que más puedas. Una, dos, tres… ¿Cuánto tiempo aguantas sin respirar? ¿Un minuto, dos? Tres no creo. Personalmente no llego ni a los dos minutos. Esto de la respiración es lo primero que se me viene a la mente cuando oigo hablar sobre viajar a Marte. Para los científicos y expertos en el tema supongo que también es un tema de capital importancia, pues sin respirar los seres humanos morimos. Viajar a Marte para morir no creo que sea una buena propaganda para una agencia de viajes.
Alguna vez platiqué sobre este fascinante posible hecho con mi mejor amigo. Como otras veces, nos apasionamos con el tema y decíamos que seguramente no nos tocará realizar alguno de estos viajes, no sólo por cuestión de dinero, sino más seguramente porque no estaremos vivimos para entonces.
Que represente la ilimitada capacidad del ser humano para lograr lo que quiera puede ser cierto, pero viajar a Marte me plantea más interrogantes que razones para pensar que de ser posible vivir allá las cosas serían diferentes.
¡Viajar a Marte! ¿Qué emoción? ¡No, qué miedo! Para empezar, como ya lo dije, por cuestiones económicas, ¿quiénes podrían viajar? Algunos cuantos millonarios y sus familias. Entonces, ¿quién podría vivir en Marte? Suponiendo, como se dice, que los pobladores de Marte podrían salvar la especie humana, ¿qué genes se preservarían?, ¿qué historias serían las victoriosas?
La llegada de la especie humana a Marte no supone un cambio radical de paradigmas, si acaso, una adaptación del humano al medio. Pero seguiría tratando a Marte como trata a la Tierra. Eso me queda claro.
¿Qué leyes serían las vigentes?, ¿Quién gobernaría?, ¿Qué tipo de economía tendrían?, ¿Habría países?, ¿En qué trabajarían?, ¿Vivirían alrededor de los ochenta años como se ha podido lograr actualmente?, ¿Qué religiones habría?
Hay muchísimas más preguntas por hacer, sin duda. La principal, para mí es: ¿Qué diferencia habría de vivir aquí en la Tierra? Prefiero ahorrar para conocer los pueblos mágicos de México.


08 enero 2017

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miércoles, 16 de noviembre de 2016

LA CONTRA-GLOBALIZACIÓN



Sergio García Díaz

Resumo: Damos por hecho la globalización, aunque sigue siendo un proceso. Pero frente a la ideología dominante resurgen las identidades locales y particulares. Este es el tiempo de las reivindicaciones que tienen que ver con “la identidad”.
Nos alarmamos cuando vemos ganar a Donald Trump la presidencia de Estados Unidos. Pocos fueron los críticos y analistas que meses atrás veían esto como posible. Ahora que es una realidad sólo nos queda el hecho de la sorpresa y la desilusión, e incluso decepción de la política. No digo estadounidense ni internacional porque lo mismo ha pasado en muchas otras partes del mundo. Venezuela, Cuba por mencionar países de América.
Personalmente, veo este hecho como un fenómeno que ya se ha dado aunque en menor escala y de maneras tan diversas que han sido casi olvidadas. Me refiero a la reivindicación de “la identidad” particular y colectiva, pero locales. Como mexicano mi referente tanto de pertenencia como de identidad es México, por más que diga que soy americano o ciudadano del mundo. Lo curioso es que siendo mexicano estoy abierto a formas de pensar, de vivir, credos, creencias, culturas, tradiciones, etc., que no son propias de mi país. Podría decir que en general es una actitud de la mayoría de los habitantes del planeta, pues además la asociamos a uno los principios de la democracia: la tolerancia.
Con lo que acaba de pasar en Estados Unidos, me pregunto: ¿En qué tipo de democracia creemos?, ¿Es la democracia la que garantiza el ejercicio pleno de los derechos humanos?, ¿La democracia podría beneficiar sólo a algunos y si es así sería verdadera democracia? Dejo estas preguntas para sus reflexiones personales.
Más bien quiero centrarme en la reivindicación de las identidades que es lo que llamo la contra-globalización. Era y es de esperar que frente a la deformación de la cultura propia y a la deformación de la identidad surjan los reclamos y las ganas de hacerla notar frente a los otros, que en algún momento dado sí son vistos como amenaza. ¿Cuántos movimientos de grupos revolucionarios reivindican junto con sus derechos su propia identidad, su etnicidad? Esto en México y en muchos lugares del mundo. Sólo que como los gobiernos siempre encuentran maneras de acabar con esas revueltas, el olvido es cuestión de tiempo. Pero cuando esta reivindicación la hace un presidente no queda más que esperar que la comunidad internacional sea la que intervenga para evitar excesos. Aunque creo que esto será un sueño guajiro, propio de la democracia del siglo XXI.
El límite entre no hacer nada y dejar que las cosas pasen en nombre de la globalización y revelarse para reivindicar lo local es la amenaza a la propia identidad.
Repito la pregunta en otras palabras, porque estoy tratando de entender: ¿Se vale sentirse amenazado por otras culturas en plena segunda década del año dos mil?
Este es el momento en el que agradezco el tan criticado nacionalismo que nos han inculcado a los mexicanos/as. Sin embargo, sigo creyendo en el diálogo y en la riqueza cultural de todos los pueblos del mundo.


16 noviembre 2016

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domingo, 13 de noviembre de 2016

SER-PRESENCIA



Sergio García Díaz

Somos seres finitos. Nadie duda que todo en la vida tiene su fin, incluso ella misma. Desde que hicimos consciente el hecho de la muerte nos hemos aferrado más y más a la vida. A veces como un capricho, a veces con esperanza de una vida eterna aunque no sin miedo, a veces sólo por resignación. Somos seres temporales. Sin embargo, no sólo la temporalidad define nuestra vida.
Hay algo más que nos hace adueñarnos de quien somos como algo inevitable, sin cuestionar la suerte de estar vivos y sí cambiándola, muchas veces, por pesimismo, como si estar vivos fuera un peso.
Todo es temporal, incluidos nosotros. Pero no sólo somos cambio constante, también somos permanencia, pues mientras más vivimos más permanecemos y la permanencia se vuelve presencia. Presencia en mí, presencia para los demás.
Es muy fácil dejar de ser presencia. Basta con que dude de mí, con que niegue quien soy, basta que no acepte mi condición. Dejar de ser presencia, repito, es más fácil que serlo. Porque creemos que no lo somos y que da lo mismo si no somos presencia.
Ser presencia es diferente de estar presente. Se está presente con el cuerpo, pero somos presencia cuando nuestra mente y nuestro cuerpo significan quien en realidad somos.
Más allá del tiempo lo que nos define es el hecho de ser “presencia”, que se da incluso de manera atemporal. No estamos limitados por el tiempo, sino por creer que ese es nuestro límite principal.
Vivimos preocupados por el tiempo, y nos olvidamos de ser presencia. Nos hemos vaciado de nuestra esencia.
Por eso creo que lo que nos da plenitud y perfección es ser-presencia.


13.Nov.2016

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martes, 14 de junio de 2016

CAPRICHOS HUMANOS

Gastamos tanto de nosotros en lo que no es, que en lo que es.
A veces nos acostumbramos a pensar las cosas de una sola y única manera.
Hasta parece que en ellos nos complacemos.
Nos encanta, por alguna extraña razón de ignorancia, crear y creer en los opuestos.
Contraponemos, como si fuera necesario, realidades que no lo necesitan.
Creamos, porque así se ha hecho siempre, oposiciones.
Y en ello ponemos nuestra fe, nuestra buena -a veces no tanto- voluntad.
Podemos incluso desgarrar nuestra integridad por defenderlas.
Sin embargo, la vida no está hecha de antinomias, contrarios u opuestos.
La vida está hecha y es una paradoja.
Allí está su sentido, su trascendencia y la dinámica que le es propia.
La vida no es de los sin sentidos, sino de las búsquedas que lo dan.
Pero a veces, nos perdemos en puros caprichos humanos.

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jueves, 7 de abril de 2016

EL DIOS REEMPLAZADO



Sergio García Díaz

La espiritualidad como una manera de vivir una experiencia religiosa es, hoy en día, una práctica cada vez más solicitada por quienes encuentran en ella una manera de integrarse como personas y, en este sentido, con un referente mucho más amplio que la vida individual. Detrás de esta afirmación hay un supuesto que damos por sentado cuando leemos palabras como “espiritualidad” y “experiencia religiosa”, y ese es la existencia de Dios. Los nombres con los que se le llama han permitido a los grupos humanos formar religiones y fortalecer, a veces a grados extremos, sentidos de pertenencia. Algunas veces son incluyentes, otras excluyentes. Cualquiera que sea la concepción del dios en el que se crea, los diferentes grupos religiosos y espirituales, han establecido ritos y maneras específicas de relacionarse y comunicarse con su divinidad, de hacer su voluntad y de vivir de acuerdo a la revelación recibida y a la interpretación hecha de ella.

Lo que quiero señalar con este primer planteamiento es el hecho del “creer”. Normalmente a la fe se la relaciona con este acto, propio de la voluntad y de la inteligencia. No cree quien no ve razones suficientes para hacerlo y que lo lleven a querer creer. Pero más que a religiones o a fundamentalismos, me refiero a la esencia misma de todo tipo de espiritualidad o experiencia religiosa. Cualquiera de estas dos sólo es posible allí donde de manera voluntaria y discernida, se ha puesto el corazón y la mente completos.

En el ámbito específico de las religiones y de las prácticas religiosas es evidente un desplazamiento de la espiritualidad a ámbitos fuera del alcance de las normatividades de las instituciones religiosas. La acción del espíritu divino, por decir en una sola expresión las maneras diferentes de entender la acción de la divinidad, escapa de cualquier rito humano establecido, es mucho más que meros pasos a seguir o palabras que repetir. No los excluye, pero no se limita a eso. Al final de cuentas, Dios actúa de tantas maneras y en tiempos que a veces nos sacan de nuestros esquemas espirituales, nos hacen sorprendernos de lo trascendente que es y nos lleva a disponer nuestra existencia a su acción, nos dejamos conformar a su manera.

En realidad, este segundo planteamiento me permite llegar al punto central de esta reflexión: ¿De qué manera Dios ha sido reemplazado? ¿De qué Dios hablamos hoy en día? Hay una pregunta que nos permite vislumbrar una parte de la respuesta: ¿En qué creemos? (¿En qué creo? ¿En qué crees?). Puede haber dos tipos de respuesta: creemos en algo o en alguien. Si se cree en algo, puede ser una realidad abstracta, ininteligible, no física, una realidad que sea propia de los seres humanos, como la energía, el conocimiento, la luz, la felicidad o la armonía, la paz, la justicia, etc.  Si se cree en alguien seguramente tiene un nombre específico y con un significado único, como Yahvé, Jehová, Mahoma, Buda, Jesús, puede ser un héroe de la historia, el fundador de una empresa exitosa, un activista social, el presidente de un partido político, incluso uno mismo. Ya sea que se crea en algo o en alguien, le atribuimos las características que conocemos de Dios: omnipotencia, omnipresencia, omnisciencia.  El objeto de nuestro acto de creer está presente en todo, lo sabe y conoce todo, y tiene poder en todo.

¿Qué pasa cuando estas características se las atribuimos a cosas como el éxito, la felicidad, la salud, el dinero, el deporte, el sexo, las drogas, la corrupción, la ambición, el poder, o incluso a los principios de vida o creencias que hemos adoptado? Que en ello ponemos toda nuestra “fe”, nos volvemos acérrimos creyentes y practicantes de los ritos y maneras en que nos relacionamos con ello, además de que nos volvemos fieles ejemplos de que viviendo así o haciendo eso, es como se puede llegar a ese punto que todos queremos y que a ciencia cierta nadie sabe qué es exactamente. Porque, ¿cuándo se llega o se está en salud, o se tiene el poder suficiente, o la belleza ideal, o la paz querida por todos?

Hay tres cosas que quiero señalar aquí: la primera, que hemos hecho de los medios el fin, la segunda, que a ese fin le hemos atribuido las características de una divinidad y, tercera, que hemos aprendido o inventado maneras de estar siempre en contacto con eso en lo que creemos. Para darnos cuenta de hasta dónde hemos desviado nuestra concepción de Dios y de la espiritualidad, podemos preguntarnos: ¿Eso en lo que creo ocupa el lugar de Dios en mi vida? ¿En qué medida lo es o con qué características?

Esta realidad no es cuestión de juicios morales, de ver si está bien o está mal, ni tampoco de propiciar cambios a prácticas institucionalizadas. Simplemente pretendo señalar que los seres humanos tenemos una dimensión espiritual en constante movimiento y que de nosotros depende que esa parte nuestra realmente nos haga trascender nuestra vida, sin dejarnos jugar trampas engañosas, que vienen con la publicidad y que nos confunden con lo que hoy en día podemos llamar felicidad y bienestar.

Y tú, ¿En qué crees? ¿En qué tipo de Dios crees?

Artículo escrito para la Revista Mundo en Español.

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miércoles, 9 de marzo de 2016

LA DEGRADACIÓN QUE PROVOCA EL PODER




Sergio García Díaz


En días pasados, en una de las clases que tuve, a propósito de las bienaventuranzas y de una propuesta de relectura, les preguntaba a los alumnos: ¿qué poder tienes?, ¿qué poder identificas en ti? Estas dos preguntas, me hicieron pensar en la casi necesaria e ineludible relación del poder con la autoridad. Y algo les dije de esto. De parte de ellos las preguntas fueron: “O sea, ¿cómo puedo influir en los demás?, ¿cómo los manipulo?”

Esto me hizo pensar en algo igualmente importante de rescatar: ¿cuál ha sido mi experiencia del poder y de la autoridad?, ¿cuál ha sido la de quienes están conmigo?, ¿qué son capaces de hacer las personas que tienen poder?, ¿cuál es mi relación con la autoridad?

Si juntara las respuestas a estas preguntas, tendría un sinfín de experiencias tan válidas como la mía. Porque la vida no pasa de una vez igual para todos, a cada quien le acontece de diferente manera y de ella damos cuenta, pero sólo desde la perspectiva en que hemos logrado comprenderla.

Hay cosas que no podría explicar qué son, como el poder, a partir de la realidad, porque en la mayoría de los casos se me muestra precisamente lo que no es. Sería la vía negativa de entenderlo. Para una crítica del poder, es la adecuada. Pero el esfuerzo de reivindicar, no el poder mismo, sino a las personas que lo ejercen, y lo han ejercido en bien de los demás, exige no limitarse a una crítica apasionada de las injusticias, sino a un acercamiento a las experiencias de crecimiento y humanización. Esta es una tarea personal que sigue vigente: la de entender al poder como siempre puesto al servicio de los demás.

Sin embargo, creo que una manera errónea y desvirtuada de entender el poder, es como siempre hacia fuera, como ejerciéndose sólo hacia los demás, y muchas veces a pesar de. En este sentido, no habría poder si no se puede influir en los demás o, en otras palabras, manipularlos. El poder, por tanto, sobre uno mismo no existe, no se lo vive como tal, cuando en la experiencia personal de liberación, de muchos hombres y mujeres, todo empieza por la capacidad de empoderarse, desde lo más íntimo de la conciencia, es decir, tomar el poder de la vida propia y proyectarla, desde lo más esencial hacia fuera, hacia el mundo, no para influir a los demás, sino para hacerla evidente y mostrarla como existiendo realmente. Sólo así entiendo el empoderamiento -el poder sobre uno mismo-, base de cualquier otra manera de ejercicio del poder.

La historia evidencia ambas maneras de ejercicio del poder. La que destruye la convivencia humana y causa injusticia, y la que consolida los lazos humanos y forma conciencia en la solidaridad y el respeto a los demás. Lo que me parece importante rescatar de esto, es que ya sea una experiencia positiva o negativa del poder, ya sea que se halle uno en un lado u otro de esta dinámica, siempre y ante todo, se trata de personas. Y ésta es una de las consideraciones principales a las que quería llegar. El poder se ejerce entre las personas y su injusticia radica en que abusa de unas y sólo aprovecha a otras. Esto es la degradación del poder.

El poder, ejercido desde una mentalidad dominante, degrada la realidad hasta hacerla provechosa sólo para quien lo ejerce, excluyendo toda posibilidad de reivindicación a quienes lo sufren. Aquí el poder es, en términos históricos, patriarcal, pues ha hecho de la relación hombre-mujer, una relación de poder. Un poder en el que, en el caso del hombre se combina con el ostentar la autoridad, y en el caso de la mujer, con la otra cara de la moneda, la sumisión y la obediencia.

¿Qué instituciones, histórica y socialmente establecidas, perpetúan esta relación de poder entre hombre y mujer? ¿Qué dinámicas sociales colocan al hombre y a la mujer en los polos opuestos del binomio poder-dominio y poder-sumisión?

María-Milagros Rivera, de quien he aprendido mucho sobre este tema, y a quien escribí en días pasados, me hacía esta aclaración: el problema no es la institución (el matrimonio), sino el poder que, históricamente sostenido por la violencia, ha hecho de la relación hombre-mujer, una relación patriarcal, y que ha hecho del matrimonio una institución dotada de poder social.

Lo que hay de fondo en la violencia y en las injusticias, es el poder. El poder que puede tener cualquier nombre y apellido, cualquier nacionalidad, credo y religión, cualquier color político e incluso miradas y sonrisas deshonestas.


Me parece que la realidad nos urge a no degradar el poder, pero sobre todo y principalmente, a no degradarnos entre nosotros mismos, hombres y mujeres, hombre y hombres, mujeres y mujeres. Que así sea todavía en muchas partes del planeta, no significa que sea la realidad que debamos aceptar como designio divino.

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jueves, 6 de agosto de 2015

HAY COSAS QUE ME DUELEN



Que no hemos aprendido a amar, a pesar de que siempre nos quejamos de desamores.
Que nos hemos acostumbrado a "ignorar" a los demás como si fueran cosas, a pesar de que siempre queremos que nos respeten.
Que nos peleamos todo el tiempos con nuestras propias decisiones, como si fuéramos extraños a nosotros mismos.
Que perdonar nos cuesta más que dar los buenos días, creyendo que perdemos valor si entendemos a los demás.
Que somos expertos en cargar nuestra vida a los demás, esperando que nos den amor, alimento, casa, atención, sólo por estar allí, sin hacer más nada.
Que vemos a las personas como "consumibles" para satisfacer nuestras necesidades de sexo, afecto y atención.
Que vivimos siempre hacia el exterior, olvidando nuestro interior, nuestra paz personal y nuestras motivaciones esenciales.
Que hacemos guerras donde nos sentimos amenazados, desacreditamos donde nos sentimos ofendidos, nos ausentamos donde nos sentimos ignorados.
Que nos creemos perfectos, porque estamos seguros que lo que pensamos y hacemos es siempre lo correcto y lo único válido.
Que fácilmente nos volvemos producto de la mercadotecnia y de las etiquetas sociales aceptadas, como si fuéramos cosas y no personas.
Que nos volvemos conformistas en lo mínimo y ni siquiera renovamos nuestra vida con valentía y decisión.
Que esperamos que nos resuelvan nuestros problemas y de la manera en que queremos, sin comprometernos con nosotros mismos.
Que nos sentimos dueños de las personas que amamos, y acabamos por odiar a quien era importante en algún momento.
De verdad me duelen estas situaciones.
Y, por ahora, sólo quería que lo supieras.

Sergio García Díaz
07/08/2014

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lunes, 22 de junio de 2015

LA CULTURA DE LA INSATISFACCIÓN



Sergio García Díaz

Llamo “cultura de la insatisfacción” a la idea predominante del siempre estar en un lugar queriendo estar en otro, del estar con una persona queriendo estar con alguien más, del tener ciertas cosas queriendo tener otras. Lugares, personas y cosas son el anzuelo de esto que se ha vuelto un modo de vida.

Hemos comprado la idea del valor de la persona como un estatus, una mera fachada, una máscara compuesta de aquello que nos hace ser más atractivos e interesantes a los gustos e intereses de los demás. Nos preocupamos por “agradar” a los demás, más que agradarnos a nosotros mismos. Hemos sacrificado nuestro bienestar y desarrollo personal por encajar en los cánones del consumismo de afecto, de reconocimiento, de aceptación.

Nos hemos vuelto “buscadores compulsivos” de experiencias, “coleccionadores” de personas, de amistades, de relaciones de pareja, de cosas que no son necesarias más que para darnos cuenta que “somos” mucho más que “consumidores”.

Con la facilidad que tenemos de escoger un producto entre mil otros, con la posibilidad real que tenemos de viajar y comunicarnos hacia cualquier parte con quien quiera que sea, con la rapidez y facilidad que tenemos de contactar y conocer personas en las redes sociales, hemos llegado al punto de sentirnos insatisfechos con nosotros mismos, porque se ha vuelto una “necesidad” estar en todos los lugares posibles, estar en contacto con el mayor número de gentes, tener el mayor número de cosas. Y aunque en un momento dado estemos donde quisimos hace poco tiempo, ya estamos pensando en dónde más puedo estar. Y aunque esté con la persona que quise hace poco tiempo, ya estamos pensando con quién otra puedo estar. Y aunque tenga lo que quise hace poco tiempo, ya estamos pensando qué otra cosa tener.

La carrera del siempre allá (lugares), del siempre alguien más (personas), del siempre más (cosas), nos va vaciando, poco a poco, hasta perdernos en la falta de compromiso, hasta dejarnos en la superficialidad, hasta ahogarnos en la frustración y hundirnos en la duda de si estamos donde mejor nos conviene, de si somos los indicados para la otra persona o la otra persona para nosotros, y de si tenemos lo que merecemos o necesitamos. Y así podemos pasarnos toda nuestra vida. Totalmente insatisfechos, llenos de miedos, de angustias y vacíos cada vez más reales y profundos.

No pretendo hacer que renuncies a ti mismo; precisamente te propongo lo contrario. No pretendo que dejes de superarte; precisamente te propongo lo contrario. No pretendo que dejes de esforzarte por una vida de calidad; precisamente te propongo lo contrario. Porque en la “cultura de la insatisfacción” los lugares, las personas y las cosas, son objetos. Mientras que en el proceso de desarrollo y crecimiento humano, cada lugar, persona y cosa tienen su justo valor. Y lo mejor de todo, sólo así se puede, al menos, intentar estar en paz y feliz con uno mismo.


Termino con una idea de mi amigo Mauricio Sanders, a quien admiro y respeto, “¿hoy que el sexo es tan fácil, por qué el amor es tan difícil?”. Tú decides.

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LA BÚSQUEDA DE SENTIDO



Sergio García Díaz

No necesitas perder algo para buscarlo. Muchas veces buscas algo por el simple hecho de quererlo. Tu punto de partida es la no-posesión y con ello el no-disfrute de eso que te dispones a buscar. No se disfruta lo que no se tiene y no se tiene lo que no quiere disfrutarse. Por ejemplo, buscas empleo, salud, amor, paz, conocimientos, amigos, experiencias (de todo tipo).
¿Pero sabes qué hay en el fondo de todas tus búsquedas? La búsqueda por excelencia: la búsqueda del sentido de tu vida. Así es. Buscas porque estás vivo, porque siempre quieres lo mejor para ti, porque necesitas, porque eres capaz de encontrar y de regocijarte en eso que tanto anhelas. Cada una de tus búsquedas completan tu sentido de vida, te hacen sentir independiente, un ser autónomo y autor del guion de tu vida. Por eso, aunque no lo hayas pensado así, todo lo que haces o no haces, te acerca cada vez más a ese goce que te da sentirte pleno y armado en tu estructura de persona desde lo más íntimo.
Cierto que por momento no sabemos ni qué queremos en la vida, nos podemos sentir confundidos, pero también es cierto que eso no impedirá que sigas buscando, ¿qué? Lo que sea, lo que se te aparezca te parecerá sorprendente, porque no era que no buscaras, era que no sabías qué. Cuando tiene bien claro qué quieres para ti, tus búsquedas serán intencionadas y con objetivos claros, entonces no te conformarás con cualquier cosa que se cruce en tu camino. Vas a la segura porque estás claro en lo que buscas, es más, no te desvías de camino por más que haya quien intente jalarte hacia sus propias búsquedas. Si coincides con alguien y compaginas búsquedas, específicamente la del sentido de la vida, es cuando caminas a la par de alguien, hay apoyo, incluso amor. Te das cuenta que también las otras búsquedas tienen aspectos en común y eso es todavía mayor alegría para ti, y para la otra persona.
Recuerda que el goce no sólo se te presentará al final de todas tus búsquedas (el final de tu vida), sino que cada momento de cada búsqueda es ya un goce siempre que sea lo que quieres. Por eso insisto en que saber lo que uno quiere para sí es bien importante si queremos vivir así, con ganas de vivir, y no nada más por vivir, como si la vida fuera un peso que hay que aguantar. Y si sabes que quieres lo bueno para ti, trabaja en tus pensamientos, en que sean tan fuertes como quieras que lo sean tus búsquedas, tan claros y seguros como tus propias búsquedas, tan tuyos como lo es tu vida.
Así que siéntete bien contigo al saberte un “buscador” y regocíjate en cada logro durante tu camino. Recuerda que no estás solo. Sonríe, habla, grita, canta, baila, haz lo que te plazca, pero procura buscar bien, bien para ti.


04/10/2014

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viernes, 3 de abril de 2015

DE LA HUMILDAD Y LA COMPASIÓN

Sergio García Díaz


Del lavatorio de los pies que Jesús hace a sus apóstoles, se desprende casi siempre una lección sobre la humildad y el servicio. Características que se atribuyen al sacerdocio católico. Todo sacerdote, para ser fiel discípulo de Jesús, ha de ser en su ministerio humilde y servicial. En esencia, no se trata de la humildad como el sentimiento de inferioridad, ni del servicio como la actitud del mero hacer por hacer no importando qué. Muchas cosas se han escrito a propósito de estos aspectos de la vida cristiana. Lo que quiero señalar es que en la actualidad, y si se quiere ser cristiano auténtico, lo cual es también para los sacerdotes, cualquier deseo de ser humilde tiene que ir acompañado de una profunda compasión. Más allá del gesto de lavar los pies en una ceremonia, habrá que recordar que para salir del individualismo y del sentimiento de superioridad actuales, es necesario poner las manos allí donde el otro sufre y tiene dolor, en esas situaciones que lo cansan y pueden fatigarlo de una vida rutinaria y sin esperanza. En pocas palabras, no se puede hablar de humildad sino se vive desde la compasión.

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jueves, 13 de noviembre de 2014

ASÍ LO QUIERO YO



ASÍ LO QUIERO YO

Sergio García Díaz

Hay cosas por las cuales no vale la pena preocuparse; pero hay otras por las que vale la alegría dedicarse. El amor es una de las cosas que nos preocupa todo el tiempo y, sin embargo, el tiempo pasa y pasa y poco hacemos por realmente ocuparnos en que su espera o su disfrute valgan la alegría y no la pena.

Considero que hay dos cosas, para decirlo de manera resumida, que matan cualquier expectativa o experiencia del amor: la formalidad y la estabilidad. Contrariamente a lo que creemos y proclamamos como vendedores de hierbas medicinales, esos que en sus raquíticos puestitos tienen todo tipo de menjurje, con su bocina de ese chillido agudo que agujera los oídos de los transeúntes, considero que estas dos “características” que atribuimos a una relación “verdadera”, en realidad son como bombas de tiempo y criterios más que sinsentido.

Pasamos años buscando al amor verdadero, encarnado en esa persona que cumpla cada una de nuestras expectativas y uno que otro berrinche y cuando creemos que apareció finalmente, como oasis en el desierto, tómala que lo único que queremos hacer es saciar nuestra sed, calmar nuestra necesidad de amor, de caricias y de sentirnos importantes para alguien en particular, nos abalanzamos como ganado que está dispuesto a defender el único lago de la planicie. Y ese amor que suponemos eterno, se acaba mucho más rápido de lo que pensamos. ¿La razón? Inmediatamente queremos registrarlo con nuestro apellido, registrarlo con derecho de propiedad para no perderlo… pedimos y, a veces, exigimos que sea algo formal y estable. El problema es el sentido y las connotaciones que hemos dado a estas dos palabristas. Sentimos que si un amor, que nos apasiona y nos mueve, no es formal corre el riesgo de no ser estable.

En primer lugar, habría que darles otro sentido y otra vivencia a estas dos palabras. Que algo sea formal significa que tenga una forma determinada, gracias a una estructura, contrato, reconocimiento, institución, etc. Pero el amor es lo menos formal en el sentido rígido e inmutable del término. En ese sentido, lo formal de una relación es eso, el tipo de relación que se tiene, no el amor en sí mismo, no lo que la mantiene viva y ardiente como desde el inicio, que es el amor, ese sentimiento y experiencia que hizo que te fijaras en alguien y le apostaras todas tus fichas a esa aventura que bien vale la alegría dedicarse. En última instancia, si queremos que la relación sea formal, que lo sea pero por la forma que le demos los dos, no sólo uno, es decir, que sea del tipo que a ambos nos convenga, nos interese, nos anime, nos guste y la disfrutemos.

Nada en este mundo permanece para siempre, todo cambia, se transforma e incluso desaparece. Así es la vida y así es el amor. Cuando exigimos, porque así lo pensamos, que el amor en una relación debe ser estable, le estamos quitando los pies y luego queremos echarlo a correr. A veces, le quitamos el corazón y queremos que nos mantenga vivos, como por milagro. Lo que quiero decir es que si amamos a alguien, o queremos amar a alguien, seamos conscientes que ese amor muy seguramente va a cambiar, a evolucionar, a adaptarse, a renovarse, a perpetuarse en la trascendencia al incluir al otro, porque se abrió a un “tú” que entró en la vida personal, porque estar centrado en el “yo” ha sido un camino de crecimiento que, dado un punto, es muy bueno y conveniente compartir. Que la estabilidad no se traduzca en monotonía, en costumbres pesadas, en rutinas insípidas o en el sentimiento de posesión.

Yo quiero un amor que valga la alegría y no la pena, un amor que sea excelente en sí mismo y no perfecto. Yo quiero un amor que me apasione, que me rete, que saque lo mejor de mí y no que me limite o mantenga donde estoy y no que saque mi peor versión. Quiero un amor que construya proyectos comunes, que comparta lo que es y lo que tiene, un amor generoso que sepa dar y darse, y no sólo espere recibir y base en eso lo mucho que pueda amarlo. Quiero un amor que me haga reír, que me pique la panza, que me haga cosquillas, un amor que sienta mi dolor y mi tristeza, un amor que goce si gozo, un amor que esté presente en los momentos más importantes y significativos de ambos, un amor que me desvele de pasión y no de preocupación. Quiero un amor que se atreva a soñar y no le tenga miedo a aventurarse a mirar más allá del horizonte. Un amor que me enseñe cómo disfruta la vida, que seguramente también podré disfrutarla a su manera, un amor que aprenda conmigo y aprenda de mí. Quiero un amor que pueda imaginarse cómo viviríamos de viejitos, que me diga qué países quiere conocer y qué quiere lograr y nos incluyamos mutuamente en los modos de conseguirlo. Un amor que esté convencido de que quiere amarme y estar conmigo, que no tenga miedo o dude de si somos el uno para el otro. Quiero un amor completo, no un amor en partes o que sólo busque completarse con mi vida. Un amor con el que pueda dialogar, que aprendamos a discutir, a tomar acuerdos, que sea capaz de mantener su palabra, que en la verdad encuentre la llave para construir la confianza. Un amor que pueda estar sin mí y que quiera compartirse conmigo. Quiero un amor fiel, honesto y apasionado. Sí, así lo quiero yo.


13 de noviembre, 2014.

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sábado, 4 de octubre de 2014

EL (los) DILEMA (s)




Sergio García Díaz


La vida no siempre es igual, quiero decir, está llena de situaciones extraordinarias, esas que aunque probablemente las vivimos casi todos los días, en algunas ocasiones se vuelven puntas de lanza. Cuando una de esas situaciones se nos presenta con el “sí” o “no” por delante, estamos frente a un dilema. Seguramente te han pasado. Te exigen tomarte un poco de más tiempo para pensar bien lo que harás. Haces un repaso de lo que has vivido y piensas en qué será mejor para ti. Te llenas de dudas porque aparentemente un “sí” o un “no” te traerían las mismas consecuencias, o en todo caso no habría mucha diferencia. Te ves y te imaginas en ambas situaciones, puede ser que signifiquen, en el fondo, ganar o perder algo o alguien. Recorren tu cuerpo todo tipo de sensaciones: calor, frío, la piel se te pone chinita, se te baja la presión, se te va el sueño o hasta el hambre, fumas, tomas, comes de más, te duermes, te ríes de nervios, haces que como que no te importa aunque en el fondo rumias eso todo el tiempo. Tratas de tranquilizarte para decidir bien, haces meditación, lo consultas con alguien hasta estar seguro de lo que vas a hacer. Cada vez que traes esa situación (dilema) a tu  mente un escalofrío recorre tu cuerpo. No lo puedes evitar. Te truenas los dedos, sudas frío, te muerdes los labios y las uñas, te echas un trago de tequila, porque de todos modos tienes que tomar una decisión. El dilema te pone al borde del abismo porque no es una simple decisión, en muchos casos, es “la” decisión sobre eso específicamente. No muy fácilmente se puede corregir la decisión final de un dilema, a menos que venzas tu orgullo. Te miras al espejo y te imaginas diciendo “sí”, te vuelves a mirar y te imaginas diciendo “no”. Te resulta difícil distinguir en cuál sonríes o en cuál te asustas. Todo esto puede pasarte en cuestión de minutos o en horas o en días. De todos modos tienes que resolverte a una respuesta. Finalmente decides. Te atienes a las consecuencias y recuperas, poco a poco, la calma. Y tu vida seguirá presentándote dilemas. Por eso digo que la vida no siempre es igual.


04/10/2014

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lunes, 28 de julio de 2014

LOS LÍMITES DE LOS LÍMITES

Vivimos en una sociedad en que los constructos sociales e institucionales nos han marcado las formas aceptables de relacionarnos, de trabajar juntos e incluso la forma de satisfacer nuestras necesidades. Tenemos bien claro qué cosas podemos hacer y cuáles no. Esa es una de las funciones de la normatividad en los grupos sociales. De pequeños nuestros padres nos decían qué cosas estaban bien y cuáles estaban mal, aprobaban o reprobaban nuestra conducta. Hemos aprendido, en todos los ámbitos de nuestra vida, a vivir con límites, enmarcados en un campo de posibilidades de actuar determinado. Un buen aprendizaje necesario para convivir.

El proceso de madurez, es decir, de la toma de conciencia de nuestra realidad, significaría, en este sentido de los límites aprendidos, pasar de los límites externos a los límites internos, o sea, los que cada uno de nosotros ha asumido por convencimiento y con un alto grado de funcionalidad para la propia estructura individual. En realidad, una norma establecida como requisito para pertenecer a un determinado grupo social (familia, escuela, empresa, pareja), y asumida sólo como obligación para ser parte de ese grupo, a la larga se vuelve un peso del cual el individuo buscará maneras de evadirlo, anularlo o simplemente ignorarlo. Es entonces cuando nos preocupamos porque la “normatividad” no está contemplando todas las situaciones o porque consideramos que debemos ponerla al día para seguir encuadrando la convivencia en rangos aceptables. En realidad, esta medida sólo atiende una parte del problema. La otra parte, más importante aún, es la convicción de los individuos, es decir, el convencimiento de que esas reglas responden a la dinámica de su vida. Este convencimiento pasa por la toma de conciencia (claridad) del fin que persiguen “las reglas del juego”. Quedarse en el mero cumplimiento a pie juntillas de las leyes, nos pone en riesgo de ser inflexibles e injustos. Fijarse en la finalidad de ellas, nos capacita en la interpretación de la ley. Ésta marca límites precisos, es clave en el caso de discernir qué se acepta y qué no. Pero el límite de la ley no lo da su cabal cumplimiento, sino el respeto y salvaguarda de la dignidad de la persona, que es la que hizo la ley, y no al revés.

Este límite que baso en la dignidad personal es al que quería llegar, y lo precisaré en el caso de las relaciones de pareja. Si la fidelidad es un “principio” (acuerdo, requisito, normatividad) en la relación, la conducta y los sentimientos se vivirán en ese ámbito de experiencia y compromiso. Si uno de los dos no ha vivido en fidelidad, es claro que no respetó los acuerdos de la pareja, en otras palabras, sobrepasó los límites. Y esto da origen a infinidad de problemas. El más natural y más común es el reclamo, pedir explicaciones, quejarse amargamente de lo sucedido.  El deseo de restablecer la convivencia en la pareja, a veces lleva a aceptar que la infidelidad pase una y otra vez. En tal caso, es evidente que también se han sobrepasado los límites. Por ello, creo que lo más esencial de cualquier límite es profundamente personal. Yo puedo tener bien claros esos límites (reglas) en mis relaciones de pareja, independientemente de si están escritos o promulgados. El real peligro es cuando uno mismo no tiene claros los límites personales. Aquí sí que la dignidad personal puede lucir por los suelos. Porque en el ejemplo que expongo no se trata, en primer lugar, de volver a poner los límites, sino de establecer o reafirmar los propios. Algunas preguntas pueden ser de utilidad cuando se trata de aclararnos: ¿qué quiero para mí? ¿qué cosas son importantes para mí? ¿qué puedo cambiar o implementar para lograrlas?, y otras “de tipo personal”. No sirven de mucho las que tienen que ver con las otras personas porque o bien las respondemos notros mismos o bien las respuestas escuchadas pocas veces nos convencen. Recuerda que los límites de cualquier tipo de relación es tu dignidad personal. Sólo evita un peligro: no te extralimites. Si crees que el cuidado de tu dignidad te hace superior o mejor que cualquier otra persona, estás entendiendo mal la fuente de tu autocuidado. No te aísles, no te reprimas, no te condenes, no te excluyas, no te escondas, no te eleves, no te sientas intocable o que nadie te merece. Recuerda, los límites de los límites es tu dignidad. Pero precisamente ella te hace un ser humano, y esa condición la compartes con miles de millones de seres semejantes a ti. Se trata de ser pleno siendo tú mismo. Inténtalo y verás que poco a poco los límites que te pongas a ti mismo no te harán olvidar que tienes todo el derecho de sonreír de oreja a oreja.
 
Sergio García Díaz
28/julio/2014
 
Artículo escrito para la Revista Mundo en Español.

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viernes, 25 de julio de 2014

¿TE DAS CUENTA?... ¡NO TE PREOCUPES!

¿Te das cuenta...
Que vives simplemente reaccionado a lo que los demás hacen o dejan de hacer, dicen o dejan de decir?
Que estás más preocupado en "hacer" por y para los demás, que en hacer por y para ti mismo/a?
Que mientes más de lo normal sólo para sobrevivir?
Que no puedes negar lo que sientes, a menos que quieras morir amargado/a?
Que tu valía como persona no depende de lo que tienes, ni de lo que haces?
Que a veces no te das cuenta de lo esencial de la vida?


No te preocupes...
Por si mañana vas a vivir con alguien, ocúpate en cómo te vives hoy a ti mismo/a.
Por si vas a sufrir o tienes que hacerlo o te vas a resignar a mal vivir por alguien, ocúpate en habituarte hoy a no sufrir.
Por si tendrás dinero para tus gastos el día de mañana, ocúpate en trabajar digna y honradamente y en pensar siempre que eres capaz de hacerlo.
Por si los demás te aman como te gustaría, ocúpate en amarte a ti, como quieres amar a los demás. En el amor no se puede mentir.
No te preocupes, mejor ocúpate.


Sergio García Díaz
25/Julio/2014

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