martes, 13 de junio de 2017

CONTEMPLARI ET CONTEMPLATA ALIIS TRADERE




Contemplari et contemplata aliis tradere

Sergio García Díaz


A cada paso que la humanidad avanza existe un riesgo de fragmentación, entiéndase parcialización o división de la misma experiencia de lo humano. Paradójicamente, no todo avance es sinónimo de integración. Más bien, hemos pasado de la comprensión del todo, a la exclusividad de las partes. Este es el riesgo de considerar que el método científico es el único modo válido de crear una perspectiva acertada de explicación de la realidad. En otras ocasiones, nos hemos conformado con la tecnificación de la comodidad y de la seguridad ofrecidas por los bienes de consumo de un sistema capitalista en el que el riesgo no forma parte más que como justificación de su contrario, la seguridad. De hecho, en aras de la tan deseada previsión y control de la vida misma, nos hemos creído que somos incapaces de vivir en un mundo tan cambiante, al punto que consideramos amenaza todo lo que nos incomoda. Sin darnos cuenta, defendemos ideas que fragmentan, cada vez más, la propia visión de la realidad, más peligrosamente, de la propia realidad individual. La especialización de las ciencias, exigida como garantía de éxito profesional, ha minado el modo de apropiarnos de las voces de los otros, haciendo de esa opinión un eco cuyo sujeto no interesa. Consideramos que la propia voz es la única con tintes de verdad, porque además la hemos vuelto excluyente e individualista.

No es raro, entonces, poner bajo la lupa de la especialización aspectos que de suyo tienden a integrar la experiencia de lo humano, de los cuales hemos perdido la interacción que los constituye, precisamente, en partes significativas de un todo incluyente e integral, me refiero a la espiritualidad, el conocimiento, la comunicación y el silencio. Insisto en el riesgo de la parcialización y la absolutización de la propia opinión, frente a la de otros, en cualquiera de estos aspectos. Nos volcamos al aislamiento, más que a la integración de las experiencias. Nos hemos vuelto especialistas de la vida cuando sólo podemos contar la propia y, en todo caso, describir lo que desde la perspectiva personal nos es posible percibir.

Considero que en la espiritualidad, en el conocimiento, en la comunicación y en el silencio, las personas tenemos una garantía de humanización y de integración como sociedad. De hecho, es en estos aspectos donde lo auto-referencial excluyente puede volverse alter-referencial incluyente. La realidad es multi-significativa. En la medida en que sepamos integrar sus diversos significados estaremos en la posibilidad de construir caminos de comunión, de diálogo y de convivencia pacífica. Eso es posible tanto cuanta más apertura tengamos a la experiencia de los otros.

La contemplación supone una integración de las experiencias de la realidad, las cuales pueden venirme de lo ajeno, lo diferente, lo nuevo, lo desconocido, lo lejano. Supone un ejercicio no sólo del intelecto, sino también de la voluntad. Es más una experiencia de desapego de los prejuicios para aproximarse a la autenticidad de lo diverso. La contemplación está lejos de las valoraciones moralistas para dar paso a la vivencia de lo que es y acontece frente a uno mismo. Hoy, más que nunca, va a la par de la admiración, pues tanto a la una como a la otra las hemos perdido como experiencias válidas y dignas de ser enseñadas. Ni la contemplación ni la admiración son contrarias al valor de la experiencia individual ya que ambas son incluyentes de lo humano. De aquí que contemplari et contemplata aliis tradere (contemplar y dar a los demás lo contemplado) es un ejercicio de profunda espiritualidad, conocimiento, comunicación y silencio.


(13 de junio de 2017)

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sábado, 15 de abril de 2017

POBREZA Y EXCLUSIÓN



Jesús fue parcial. Así es, tomó parte por los pobres y los excluidos. Normalmente quien es pobre es excluido; y quien es excluido se le hace pobre. Para comprender la opción de Jesús necesitamos entender tanto la pobreza y la exclusión en sentido amplio, aunque sin perder de vista que siguen siendo situaciones de marginalidad humana. La muerte de Jesús en la cruz es la elevación, en forma de entrega total, a Dios Padre de esta realidad denigrante e inhumana. La pobreza y la exclusión se traducen, hoy en día, en toda forma, por mínima que sea, de marginalidad humana que creamos por intereses personales o institucionales, por rencores, odios u orgullo, por descuido o por prestigio mal entendido. Cuando Jesús pide perdón para quienes lo están matando, también lo pide por nosotros que lo matamos en la persona de otros/as y nos autojustificamos en leyes o proyectos institucionales. Que Dios nos perdone por cuantas veces no hemos discernido bien y no hemos sabido tomar parte por quienes decimos entregar nuestra vida, cuando en realidad no hemos dejado atrás lo que en nosotros provoca muerte. La gran parte que nos falta por seguir profundizando a los cristianos es en la vida que nos espera si no perdemos la fe en Dios.

Sergio García

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SERVICIO Y HUMILDAD


Me atrevo a pensar que el centro de la celebración del jueves santo es, además del servicio, sobre todo la humildad. Muchas veces los cristianos hemos hecho una dicotomía de estas dos actitudes sobrevalorando la primera. Olvidamos muy frecuentemente que sin humildad el servicio es mera vanagloria y a veces hipocresía, pues al olvidarla nos colocamos por encima de quien ayudamos, aun cuando nos arrodillemos. Servir con humildad nos capacita para reconocer la verdadera humanidad de quien tenemos en frente, una humanidad frágil y necesitada, que bien podría ser la nuestra, nuestra vida podría ser la necesitada. Servir sin humildad nos hace arrogantes y orgullosos e incluso nos lleva a negar que necesitamos ser ayudados. Reconocer y aceptar que también nuestros pies deben ser lavados, nuestro ser purificado y nuestro corazón renovado es superar esa dicotomía que nos ha hecho mucho mal como Iglesia.
-Sergio García

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domingo, 13 de noviembre de 2016

SER-PRESENCIA



Sergio García Díaz

Somos seres finitos. Nadie duda que todo en la vida tiene su fin, incluso ella misma. Desde que hicimos consciente el hecho de la muerte nos hemos aferrado más y más a la vida. A veces como un capricho, a veces con esperanza de una vida eterna aunque no sin miedo, a veces sólo por resignación. Somos seres temporales. Sin embargo, no sólo la temporalidad define nuestra vida.
Hay algo más que nos hace adueñarnos de quien somos como algo inevitable, sin cuestionar la suerte de estar vivos y sí cambiándola, muchas veces, por pesimismo, como si estar vivos fuera un peso.
Todo es temporal, incluidos nosotros. Pero no sólo somos cambio constante, también somos permanencia, pues mientras más vivimos más permanecemos y la permanencia se vuelve presencia. Presencia en mí, presencia para los demás.
Es muy fácil dejar de ser presencia. Basta con que dude de mí, con que niegue quien soy, basta que no acepte mi condición. Dejar de ser presencia, repito, es más fácil que serlo. Porque creemos que no lo somos y que da lo mismo si no somos presencia.
Ser presencia es diferente de estar presente. Se está presente con el cuerpo, pero somos presencia cuando nuestra mente y nuestro cuerpo significan quien en realidad somos.
Más allá del tiempo lo que nos define es el hecho de ser “presencia”, que se da incluso de manera atemporal. No estamos limitados por el tiempo, sino por creer que ese es nuestro límite principal.
Vivimos preocupados por el tiempo, y nos olvidamos de ser presencia. Nos hemos vaciado de nuestra esencia.
Por eso creo que lo que nos da plenitud y perfección es ser-presencia.


13.Nov.2016

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jueves, 7 de abril de 2016

EL DIOS REEMPLAZADO



Sergio García Díaz

La espiritualidad como una manera de vivir una experiencia religiosa es, hoy en día, una práctica cada vez más solicitada por quienes encuentran en ella una manera de integrarse como personas y, en este sentido, con un referente mucho más amplio que la vida individual. Detrás de esta afirmación hay un supuesto que damos por sentado cuando leemos palabras como “espiritualidad” y “experiencia religiosa”, y ese es la existencia de Dios. Los nombres con los que se le llama han permitido a los grupos humanos formar religiones y fortalecer, a veces a grados extremos, sentidos de pertenencia. Algunas veces son incluyentes, otras excluyentes. Cualquiera que sea la concepción del dios en el que se crea, los diferentes grupos religiosos y espirituales, han establecido ritos y maneras específicas de relacionarse y comunicarse con su divinidad, de hacer su voluntad y de vivir de acuerdo a la revelación recibida y a la interpretación hecha de ella.

Lo que quiero señalar con este primer planteamiento es el hecho del “creer”. Normalmente a la fe se la relaciona con este acto, propio de la voluntad y de la inteligencia. No cree quien no ve razones suficientes para hacerlo y que lo lleven a querer creer. Pero más que a religiones o a fundamentalismos, me refiero a la esencia misma de todo tipo de espiritualidad o experiencia religiosa. Cualquiera de estas dos sólo es posible allí donde de manera voluntaria y discernida, se ha puesto el corazón y la mente completos.

En el ámbito específico de las religiones y de las prácticas religiosas es evidente un desplazamiento de la espiritualidad a ámbitos fuera del alcance de las normatividades de las instituciones religiosas. La acción del espíritu divino, por decir en una sola expresión las maneras diferentes de entender la acción de la divinidad, escapa de cualquier rito humano establecido, es mucho más que meros pasos a seguir o palabras que repetir. No los excluye, pero no se limita a eso. Al final de cuentas, Dios actúa de tantas maneras y en tiempos que a veces nos sacan de nuestros esquemas espirituales, nos hacen sorprendernos de lo trascendente que es y nos lleva a disponer nuestra existencia a su acción, nos dejamos conformar a su manera.

En realidad, este segundo planteamiento me permite llegar al punto central de esta reflexión: ¿De qué manera Dios ha sido reemplazado? ¿De qué Dios hablamos hoy en día? Hay una pregunta que nos permite vislumbrar una parte de la respuesta: ¿En qué creemos? (¿En qué creo? ¿En qué crees?). Puede haber dos tipos de respuesta: creemos en algo o en alguien. Si se cree en algo, puede ser una realidad abstracta, ininteligible, no física, una realidad que sea propia de los seres humanos, como la energía, el conocimiento, la luz, la felicidad o la armonía, la paz, la justicia, etc.  Si se cree en alguien seguramente tiene un nombre específico y con un significado único, como Yahvé, Jehová, Mahoma, Buda, Jesús, puede ser un héroe de la historia, el fundador de una empresa exitosa, un activista social, el presidente de un partido político, incluso uno mismo. Ya sea que se crea en algo o en alguien, le atribuimos las características que conocemos de Dios: omnipotencia, omnipresencia, omnisciencia.  El objeto de nuestro acto de creer está presente en todo, lo sabe y conoce todo, y tiene poder en todo.

¿Qué pasa cuando estas características se las atribuimos a cosas como el éxito, la felicidad, la salud, el dinero, el deporte, el sexo, las drogas, la corrupción, la ambición, el poder, o incluso a los principios de vida o creencias que hemos adoptado? Que en ello ponemos toda nuestra “fe”, nos volvemos acérrimos creyentes y practicantes de los ritos y maneras en que nos relacionamos con ello, además de que nos volvemos fieles ejemplos de que viviendo así o haciendo eso, es como se puede llegar a ese punto que todos queremos y que a ciencia cierta nadie sabe qué es exactamente. Porque, ¿cuándo se llega o se está en salud, o se tiene el poder suficiente, o la belleza ideal, o la paz querida por todos?

Hay tres cosas que quiero señalar aquí: la primera, que hemos hecho de los medios el fin, la segunda, que a ese fin le hemos atribuido las características de una divinidad y, tercera, que hemos aprendido o inventado maneras de estar siempre en contacto con eso en lo que creemos. Para darnos cuenta de hasta dónde hemos desviado nuestra concepción de Dios y de la espiritualidad, podemos preguntarnos: ¿Eso en lo que creo ocupa el lugar de Dios en mi vida? ¿En qué medida lo es o con qué características?

Esta realidad no es cuestión de juicios morales, de ver si está bien o está mal, ni tampoco de propiciar cambios a prácticas institucionalizadas. Simplemente pretendo señalar que los seres humanos tenemos una dimensión espiritual en constante movimiento y que de nosotros depende que esa parte nuestra realmente nos haga trascender nuestra vida, sin dejarnos jugar trampas engañosas, que vienen con la publicidad y que nos confunden con lo que hoy en día podemos llamar felicidad y bienestar.

Y tú, ¿En qué crees? ¿En qué tipo de Dios crees?

Artículo escrito para la Revista Mundo en Español.

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viernes, 3 de abril de 2015

DE LA HUMILDAD Y LA COMPASIÓN

Sergio García Díaz


Del lavatorio de los pies que Jesús hace a sus apóstoles, se desprende casi siempre una lección sobre la humildad y el servicio. Características que se atribuyen al sacerdocio católico. Todo sacerdote, para ser fiel discípulo de Jesús, ha de ser en su ministerio humilde y servicial. En esencia, no se trata de la humildad como el sentimiento de inferioridad, ni del servicio como la actitud del mero hacer por hacer no importando qué. Muchas cosas se han escrito a propósito de estos aspectos de la vida cristiana. Lo que quiero señalar es que en la actualidad, y si se quiere ser cristiano auténtico, lo cual es también para los sacerdotes, cualquier deseo de ser humilde tiene que ir acompañado de una profunda compasión. Más allá del gesto de lavar los pies en una ceremonia, habrá que recordar que para salir del individualismo y del sentimiento de superioridad actuales, es necesario poner las manos allí donde el otro sufre y tiene dolor, en esas situaciones que lo cansan y pueden fatigarlo de una vida rutinaria y sin esperanza. En pocas palabras, no se puede hablar de humildad sino se vive desde la compasión.

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domingo, 15 de febrero de 2015

INTERIORIDAD





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lunes, 9 de febrero de 2015

GLOBALIZACIÓN Y COMPROMISO CRISTIANO


El siguiente texto es la conclusión de mi tesis de teología. La comparto con el solo objetivo de seguir abriendo el camino de la reflexión sobre el ser y actuar de los cristianos en el mundo.


“Si la Iglesia se hace presente
en la defensa o en la promoción de la dignidad del hombre,
lo hace en la línea de su misión,
que aun siendo de carácter religioso y no social o político,
no puede menos de considerar al hombre en la integridad de su ser.”
Juan Pablo II




Los cristianos, como miembros de la sociedad, participan del actual proceso de la globalización. Si la misma pertenencia a la sociedad, gracias a la diversidad que ésta presenta, matiza la propia identidad, no por ello el compromiso se desvanece.

La globalización, este proceso de desterritorialización que establece relaciones transplanetarias entre las personas, abarca todos los aspectos de la vida humana. La cultura, la política, la economía e incluso la religión son redefinidas. Es, ahora, desde esta perspectiva global (de desterritorialización) que necesitan presentar sus métodos y sus soportes. Es también desde esta perspectiva que los cristianos han de vivir su fe y reafirmar su compromiso.

Pero se trata de un compromiso que debe conjugar la fidelidad al evangelio y la acogida de la realidad humana, porque la desterritorialización no significa hacer del hombre una realidad abstracta, ni mucho menos perderlo como punto de referencia. De hecho, el evangelio es la muestra por excelencia de una comprensión y acogida de la misma vida del hombre. Vida que por ser imagen y semejanza de Dios, posee un valor innegable. Es la teología que han desarrollado los Papas de las encíclicas sociales. Se trata de una enseñanza que ha buscado, en los diferentes contextos socioculturales, reafirmar dicho valor, es decir, la dignidad humana. Este contexto se ha caracterizado por los efectos del desarrollo tecnológico, industrial y económico. Desde la revolución industrial, pasando por la ideología del liberalismo hasta la revolución francesa y hasta nuestros días el neoliberalismo, la Iglesia no ha dejado de insistir en el respeto y promoción del ser humano, de su dignidad y de su libertad. En éstas encontramos la razón del compromiso cristiano. Eso es lo que propongo.

Hoy día, es el fenómeno de la globalización el que suscita inquietudes que, poco a poco, presentan nuevos retos a afrontar. Es, pues, el contexto socio-espacial en el que la dignidad y la libertad humanas deben seguir siendo propuestas como el criterio fundamental a la hora de pensar y actuar, sobre todo, en el ámbito económico. No porque la globalización se reduzca a él, sino porque ahí es más evidente la negligencia y el olvido de aquéllas. Por eso, al momento de analizar y criticar la economía mundial es la noción de desarrollo la que permite profundizar su verdadero rol en la vida del hombre, así como abogar por el respeto y promoción de la dignidad y la libertad humanas. Porque un desarrollo que no tenga en cuenta que el hombre es en sí mismo un ser libre y que no respete el despliegue multiforme de esta misma libertad, no merece ser tenido por tal.

Y aunque mucho se ha desarrollado la economía hasta ser una economía global, sin embargo, es aquí donde las "relaciones transplanetarias entre las personas" no logran concretizarse. Fuente, más bien, de división, de exclusión y de pobreza, el modelo económico a la manera neoliberal provoca situaciones inhumanas que son inaceptables. Y este es el modelo de economía que pretende erigirse como motor de la globalización y en criterio de comprensión del hombre. Es aquí donde el compromiso cristiano, cuyo fundamento es el evangelio y cuya razón son la dignidad y la libertad humanas, se traduce en opción por la justicia y la solidaridad. Los cristianos tienen, pues, un gran rol que desempeñar ahí. Si esta realidad nos interpela a todos como ciudadanos, trabajadores, propietarios y consumidores, nuestro seguimiento de Jesús es presencia y acción por y con los pobres que ha producido la economía mundial.

Por eso, la pregunta de si otra globalización es posible resulta un tanto ambigua. Se trata de un fenómeno que está en proceso. Esta pregunta refleja, más bien, una comprensión reducida de la globalización. Sí, la pobreza ha aumentado, pero el aspecto económico no es el único de este proceso. Quizá sea más conveniente otra comprensión de la globalización, más que otra globalización.

Para los cristianos es un signo de los tiempos que hay que saber leer e interpretar. Ello supone acoger la realidad y creativamente transformarla para que el hombre se halle bien donde está, es decir, para que se vea, en este planeta, como en su hogar. Porque "no es posible construir una verdadera globalización, que comprenda las culturas, si en el seno de sus culturas, los hombres no sienten pertenecer a una unidad más universal y más profunda: del punto de vista ético podríamos hablar de la humanidad en el hombre que realice esta unidad más profunda, y del punto de vista de la Biblia, es justamente la pertenencia a la familia del Padre, en Jesús, por el Espíritu." (HERR Édouard, Bible et mondialisation).

Es la fe justamente la que da sentido al compromiso cristiano. Es la fe la que como luz en el camino ilumina el actuar cotidiano de los cristianos. Frente a la incertidumbre del rumbo de nuestra historia, la fe nos mantiene firmes y confiados, como proyectados desde nuestro presente hacia un mejor futuro.

La manera, pues, en la que los hombres y mujeres imprimen a la globalización un rostro humano, es tomando en serio su propia humanidad. Y ello ha de ser ya, en el hoy que construye la vida humana y en el que además ha de buscarse que sea una situación digna del hombre.

La globalización no es una meta a alcanzar, sino un medio que puede serlo de humanización, un medio que debe ser ofrecido a todos y que debe abarcar a todos, si pretende ser tal. Es, pues, está la exigencia fundamental a la que concluyo. Y, como lo he dicho, puesto que la fe no es una decisión puramente interior, sino una decisión plenamente humana, los cristianos están inevitablemente involucrados en su consecución. Los cristianos debemos comprender que en vano se afirma la dignidad y la vocación de la persona humana, sino se trabaja en la transformación de las condiciones que la oprimen, porque Jesús dijo: "Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo" (Mt 5, 13-14).


Sergio García Díaz
Filósofo / Teólogo

Sergio Gabriel
@iSerchNoTeDigo

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viernes, 5 de julio de 2013

AMAR A DIOS EN TIERRA DE INDIOS

Les presento aquí el texto de mi ponencia en la Conferencia de CIEN(Centro de Investigación y Estudios Novohispanos)

Fuimos tres los ponentes. Yo presenté, de manera breve y a forma de reflexión teológica, los supuestos que los evangelizadores tenían como suyos en tal tarea. No es un tratado el que hago, sino simplemente una mención de las "motivaciones teológicas y religiosas" y abro al lector a la reflexión personal.

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Conferencia

Amar a Dios en tierra de indios.

Sergio García Díaz



La tarea evangelizadora en el nuevo continente que la Iglesia Católica desarrolla, tiene varios aspectos. Sin duda el teológico, pero está también el pastoral y el canónico. En lo que a mi intención respecta, sólo hablaré del primero. El aspecto teológico de la evangelización, es decir, los argumentos que desde la teología, entendida ésta como reflexión de la fe, impulsaron a los misioneros a aventurarse en una empresa llena de grandes y abismales situaciones culturales, que hoy podemos llamar así.

Haré, aquí, pues, un intento de reflexión teológica. Presentaré tres temas que me parecieron fundamentales cuando me fue presentado el tema de esta conferencia. Estos temas los presento, con toda intención, como cuestionamientos y no pretendo hacer un tratado de ellos, sino sólo atisbar algunos aspectos que, a mi parecer, son suficientes para el objetivo de esta conferencia.

Hoy por hoy, quienes estamos aquí podemos responderlos. Lo que cambia es el momento histórico y, con ello, una serie de elementos propios del contexto.


Comienzo con una pregunta, cuya respuesta no pretendo erigir como verdad absoluta, no en este momento de la historia, pero que formulada en el siglo XVI, sí fue tal: ¿Quién es Dios?


Hoy en día podemos hablar de Dios desde diferentes perspectivas, experiencias e incluso  modos de concebir la vida. En el contexto que nos ocupa, hablar de Dios llevaba necesariamente a hablar de religión, y hablar de religión nos llevaba a hablar de una institución religiosa, en este caso, la Iglesia Católica. Y tenemos aquí ya una primera conclusión: la religión de los evangelizadores es monoteísta.

El primer tema es, entonces, la incorporación de una religión monoteísta frente a una religión politeísta. Y digo incorporación, sin pretender una polémica semántica, porque me parece que el proceso de evangelización, en su esencia agregó, poco a poco, el sentido de un solo Dios frente a la concepción de muchas y diversas divinidades de los nativos americanos. Ya no existen, pues, los dioses, sino el Dios, el Todopoderoso.

Lo que sí va a interesar es, y con justificada razón, el hecho de hacer entender que habiendo un solo Dios, hay quienes participan de esa divinidad, entendámosla nosotros hoy como gracia, y que participando de la gracia divina se hacen prácticamente perfectos, es decir, santos. Para los evangelizadores se plantean entonces el dar a conocer al Dios, Creador de todo, y la santidad, como frentes necesarios de su tarea. La obra pictórica de esos siglos, como lo veremos más adelante, nos dejarán muy claro esta dimensión.


Junto con esta preocupación, tienen los evangelizadores otra igualmente importante. Este es el segundo tema que planteo. Y el cuestionamiento es el siguiente: ¿los indios tienen alma? Es decir, ¿son personas? Los destinatarios de la Buena Nueva de Dios, no pueden ser que sólo seres humanos. Y si son seres humanos, con alma, son creaturas a imagen y semejanza de Dios. 


Pero los indios de quienes desconocían prácticamente todo, ¿serán dignos de la verdad de Dios revelada en Jesucristo? ¿Cómo se les presenta la revelación de Dios a quienes ni siquiera se conoce, bueno, con quienes ni siquiera se puede hablar en la misma lengua y cuyos campos semánticos y de experiencia son totalmente distintos?

Hay, de fondo, una quietud, una vía de “pastoral”. Rescatar lo esencial. Y lo esencial a los seres humanos de ambos mundos no es otra cosa que la dignidad propia de los hijos de Dios. Me atrevo a decir, con esto, que la tarea de evangelización buscó, de muchas maneras y con muchos artífices, reconocer y rescatar la dignidad de los indios, de los que serían destinatarios de la verdad revelada en Jesucristo.

Se trabaja, por lo tanto, en las formas y en los medios de inculturar, por hacer referencia a un término de la teología pastoral, el Evangelio, la Buena Nueva. Y el arte es el maestro por excelencia en esta tarea.


Si preguntamos por el contenido de la evangelización, llegamos, entonces, al tercer tema que quiero plantear esta tarde. El cuestionamiento es el siguiente: ¿Cuál es el contenido de esa predicación? ¿Qué se pretende hacer accesible a los indios, reconocidos como personas, que sea propio de Jesucristo, como Buena Nueva de Dios? La salvación.


Recordemos que quienes no eran cristianos, y cristianos católicos, serían llamados paganos, los alejados de Dios. Para acercarse a Dios un pagano ha de convertirse y creer en el Evangelio, tal como se nos dice cuando nos imponen en la frente la cruz el miércoles de ceniza. Acercarse a Dios, dejar de ser paganos es el resultado de un proceso de conversión. Y convertirse es volver la mirada a Jesús, el Hijo de Dios en quien es ofrecida la salvación. No hay, pues, como la misma escritura lo dice, otro nombre sobre la tierra por el que podamos ser salvados, que el nombre de Jesucristo.


La evangelización en el nuevo continente, es evidente, entonces, que tiene no sólo retos de tipo cultural en cuanto a la lengua respecta, sino sobre todo un problema de cosmovisión, y esto se resume diciendo que se trata, en todo caso, de la propia concepción del ser humano y de la mismísima concepción de Dios. Dejar claro que el Dios, el nuevo Dios, que es uno y que quiere que ellos, los indios, se salven, son los argumentos teológicos que subyacen en la ardua tarea que llevó, de hecho, siglos.


El proceso de conversión buscado y querido por los evangelizadores, no fue siempre el más impecable proceso socio-cultural si lo vemos desde nuestra concepción de los derechos humanos y de la cultura cívica y de respeto a la diversidad de formas de vida que hoy ya es propia del ideal social. Tengamos en cuenta que nosotros ya somos herederos de una cultura y tradición marcadamente cristiano católicas. Para los evangelizadores se vuelve el “proceso de conversión”, en algo que habría que hacerse, y a veces, creo que se espera más el resultado final que los pasos intermedios para llegar al bautismo. Con esto quiero decir que la “liturgia”, como expresión simbólica y visible de un culto y un rito religiosos, tuvo también un papel central.


Cierto es que la evangelización, en un primero momento, no buscó formar las mentes y los espíritus de los indios en toda la carga cultural e histórica de la nueva religión, sino más bien tan sólo instruir, mostrar cómo hacer las cosas y cómo ser parte de la nueva comunidad de creyentes.


Sí importó, por el contrario, descubrir lo esencial a la religión de los nativos, entendida como forma de relacionarse con la divinidad, para que a partir de eso el nuevo Dios y la nueva religión tuvieran aceptación en la mentalidad y en la forma de vida que buscaban cristianizar. 


Menciono esto esencial: relación con la divinidad, el culto y el sacerdocio, la relación con la vida y con la muerte, y los estratos religiosos. Todos estos elementos hicieron que la evangelización fuera pues un proceso de amalgamamiento de dos culturas, y me atrevo a decir que hasta de tres o más, de dos cosmovisiones, y de algo fundamental por lo que nosotros incluso estamos hoy aquí, el sentido de la vida.


¿Qué sentido tiene la vida si no es en Jesucristo? ¿Qué sentido tiene la salvación sino es en Jesucristo? ¿Qué sentido tienen los santos sino es en relación a la vida del sacrificio mismo de Jesús en la cruz? ¿Qué sentido tiene la vida humana sino es en Dios?





Gracias.
4 de julio de 2013.

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jueves, 13 de junio de 2013

AMAR A DIOS EN TIERRA DE INDIOS

Conferencia:

"Amar a Dios en tierra de indios"

Esta es la invitación a la conferencia donde seré uno de los ponentes.
Nos vemos allí.


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sábado, 31 de marzo de 2012

DOMINGO DE RAMOS - DIOS Y LAS VÍCTIMAS



Evangelio según San Marcos 14,1-72.15,1-47
Ni el poder de Roma ni las autoridades delTemplo pudieron soportar la novedad deJesús. Su manera de entender y de vivir a Diosera peligrosa. No defendía el imperio deTiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, sólo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las personas enfermas y desnutridas deGalilea.
No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.
En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, querompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.
Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.
Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Nos hemos de rebelar contra esa cultura del olvido, que nos permite aislarnos de los crucificados desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una “lejanía” donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.
No nos podemos encerrar en nuestra “sociedad del bienestar“, ignorando a esa otra “sociedad del malestar” en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que sólo ha sido muerte. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes sólo conocen una vida insegura y amenazada.
Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

José Antonio Pagola

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lunes, 5 de diciembre de 2011

ORACIONES DE ADVIENTO




El mundo está a la expectativa de toda propuesta novedosa que le aporte paz y serenidad interior, sobre todo en estos tiempos de inseguridad y violencia. Te pedimos, Señor, que el nacimiento de tu Hijo, sea fuerza y energía que nos transforme en testimonio vivo de tu amor y de tu paz y que nuestra trabajo contribuya a la construcción de la justicia.

En este tiempo de adviento nuestra esperanza se vuelve alegría cuando descubrimos que tu presencia, Señor, está en quienes nos rodean. Te pedimos que la unidad sea para todos un pilar de nuestra convivencia.

Tú dijiste, Señor, a tus apóstoles que estarías con tu Iglesia hasta el final de los tiempos. Hoy, quienes somos Iglesia entorno tuyo, te pedimos que inspires acciones pastorales y comunitarias que fortalezcan el sentido de pertenencia al grupo de los convocados por tu palabra y que fundamentados en el diálogo sepamos encontrarte en la verdad y las manifestaciones de vida de todas las mujeres y los hombres de nuestro país.

Con tus palabras y tus acciones nos enseñaste, Señor, que el ser humano es capaz de vivir libremente en fidelidad a su vocación de ser humano. Te pedimos, que la misión a la que estamos entregados, nos plenifique y que así como buscamos el bien propio luchemos por el bien de los demás.

En estas fechas en que celebramos a María, como Nuestra Señora de Guadalupe, te pedimos que quienes trabajamos en la educación seamos capaces de transmitir a nuestras alumnas y alumnos, la comprensión y apoyo que necesitan para formarse como personas, así como la Virgen del Tepeyac, miró tiernamente nuestra cultura y consolidó nuestra identidad.


Sergio García Díaz
sergadi@gmail.com
@sergiogarciadz

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jueves, 17 de noviembre de 2011

LA GRACIA DE DIOS

Este libro de Juan Luis Lorda nos guía por el estudio y profundización del tema de la gracia de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Temas como la justificación, la gracia, la naturaleza del hombre, el pecado adquieren claridad después de dar un repaso por los planteamientos de este autor.



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viernes, 28 de enero de 2011

LOS SUEÑOS VIVEN EN MÍ


Señor de la vida,
necesito entrar en esa experiencia de encuentro
con lo mejor que guardo en mi interior.
Dame sensibilidad para creer
que en medio de esta sociedad de la eficacia,
de la falta de tiempo,
de las prisas,
de la excesiva importancia por la imagen,
de lo fácil…
puedo recordar que lo mejor de mí y de cada persona
ESTÁ DENTRO.
Enséñame a percibir
que allí, en lo profundo del corazón,
es donde nacen los buenos deseos y sentimientos…
que es allí donde se fraguan las ilusiones, los sueños…
Tú sabes que en mi interior anida un gran deseo:
el deseo de hablar y relacionarme
desde lo más genuino de mí,
y dirigirme a lo más genuino de la otra persona.
Allí y desde allí, es más fácil hacer que seamos felices
y el mundo sea distinto.
Regálame la experiencia de vivir sabiéndome vivido.
Y que mi corazón sea el mejor lugar
de encuentro y entendimiento
entre las gentes y los pueblos.
Me siento agradecido a Ti,
por las personas que han creído en mí,
y me han ayudado a descubrir
desde lo más hondo y profundo,
la dignidad de ser persona,
y el valor del tesoro que todos guardamos
en el interior.
Tú me has enseñado que desde dentro
puedo recuperar el lenguaje de la ternura,
de la bondad,
de la alegría, de la esperanza,
del sentido de la vida y de la vida misma,
del amor en su plenitud,
de las capacidades y valores que todos,
por el hecho de ser personas, compartimos:
deseos de paz, de amistad,
de felicidad, de solidaridad,
de dignidad y de esperanza,
de libertad, de humanidad…
Señor de mi vida,
enséñame a dejar que
sea el corazón el que hable.
Ayúdame a destapar este regalo y ofrecerlo.
Y, desde mi corazón humano-creyente,
compartir esta experiencia
con cualquier corazón humano.
Que guarde en su interior
estos mismos deseos.
Amén.
Oración grupal 28 enero 2011
Sergio García Díaz

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viernes, 6 de agosto de 2010

TODOS SOMOS RESPONSABLES


Reflexión sobre el Evangelio según san Lucas 12, 32-48.
Domingo XIX Ordinario
08 de agosto de 2010.

Sergio García Díaz


La esperanza es uno de los pilares sobre los que la vida cristiana se fundamenta. Y es que la esperanza refiere a aquél que precisamente la hace posible: Dios. La expresión comúnmente conocida: “la esperanza es lo último que muere”, toca de fondo la tendencia propia del hombre de verse en una constante búsqueda de Dios. Por ello, la propia vida del hombre es la realización siempre actual de la contemplación de Dios. Cada una de las situaciones humanas, ordinarias o no, nos hablan ya de la presencia de Dios en nuestra vida. Son una forma de contemplar su acción mientras su venida definitiva tiene lugar. Mientras tanto conservar la esperanza se vuelve no sólo cosa de buena actitud cristiana, sino también de mera responsabilidad humana. Porque si la esperanza cristiana lleva a confiar en Dios y a esperar el día glorioso de la manifestación de su Reino, la esperanza meramente humana exige confiar en el hombre mismo, a pesar de que lo que menos espera sea verse miembro activo de esa realidad divina. Tal vez porque precisamente los hombres y mujeres de hoy necesitan ver y sentir ese Reino como algo humano, y ello sólo será posible si la confianza en Dios se vuelve búsqueda del hombre mismo, porque hoy más que nunca el encuentro de los y entre los hombres y mujeres puede permitir alimentar la esperanza de un encuentro definitivo con Dios.
Pero, ¿cómo mantener viva la esperanza en el hombre mismo cuando la confianza que la hace posible es una de las condiciones de las relaciones humanas que más ausente está en el vivir cotidiano de cualquiera de nosotros? Ciertamente no es fácil. Menos aun cuando lo que menos aprendemos hoy es a esperar; simplemente esperar nos puede sacar quicio, hacer agresivos, groseros, en pocas palabras impacientes.
Habría que replantearnos en todo momento la fragilidad de nuestra vida, ver cuán débiles somos y cuán necesitados estamos de los demás. No es atentar contra la propia autoestima ni menos contra la dignidad personal, es tan sólo abrir el corazón y la mente a la vida de quienes nos rodean, porque es justamente en ellos que se hace posible la revelación de Dios y la dinamicidad siempre viva de la esperanza. Y de esto, todos somos responsables.

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