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domingo, 12 de noviembre de 2017

sábado, 28 de octubre de 2017

La cultura de la insatisfacción

¿Estás satisfecho con tu vida? Te comparto estas ideas que, de repente, me pareció bien escribir y ahora compartírtelas de viva voz. Que tengas un excelente día.



jueves, 26 de octubre de 2017

ESTOY VIVO


Son ya casi las dos de la mañana, sé que debo dormir, pero mi espíritu me pide la palabra para poder expresar su más profunda convicción de que está vivo. Es verdad, no puedo acallarlo cuando veo que su grito es desesperado. Me ha reclamado muchas veces por eso mismo, porque le robo la palabra y con ello lo sutil de sus emociones y la delicadeza de su ternura.

Oigo a mi espíritu y desmayo de sorpresa: se ha vuelto a enamorar. Desmayo de sorpresa porque me lo dice con toda su fuerza, pero al mismo tiempo lleno de temor. Me sorprendo porque no esperaba esto. Estoy seguro que no era lo que él andaba buscando. Pero si el amor tocó a su puerta, debo advertirle que abrirse paso a esta aventura que tan delicada es, no le traerá, en este momento, más que inquietud.

Pienso decírselo, aunque el silencio que siguió a la noticia, me hizo pensar que lo medita profundamente. No quiere equivocarse ni arriesgarse demasiado, lo conozco. Más bien, quiere seguir manteniendo la convicción de que está vivo.


21 de julio de 2006.


Sergio García Díazsergadi@gmail.com

martes, 24 de octubre de 2017

LA CULTURA DE LA SOBREVIVENCIA



Sergio García Díaz

Al hablar de cultura pienso en la idea que de ésta da Fernando Savater, quien dice que es todo aquello que voluntariamente crea el ser humano. En este sentido, es cultura no sólo lo positivo que pueda mencionar de un pueblo o civilización, sino también aquello que es  más bien negativo como la violencia, las armas, la guerra. Así que cuando hablo de cultura y la refiero a la conducta humana, quiero señalar el hecho de que finalmente nuestro comportamiento tiene mucho de voluntario. Mi manera personal de ser, si bien es aprendida, cada vez que la actúo lo hago desde el convencimiento de mi libre albedrío.

Digo que vivimos en la época de la sobrevivencia porque, contrariamente vivir, en sentido amplio, nos da la idea de que gozamos plenamente de cada una de las situaciones y de los factores que conforman nuestra existencia. Sobrevivir sería disfrutar o disponer a medias de mi propia vida. En una analogía, diría que es como bucear a medias, con una parte del cuerpo sobre la superficie, mientras creemos estar viendo las profundidades del mar. Vivir sería como bucear completamente, con todo el cuerpo dentro del agua, pero además a una profundidad que me permite gozar y maravillarme de todo lo que experimento y  de lo que hay a mi alrededor.

Con cultura de la sobrevivencia me refiero a la manera de crear nuestra vida en estándares de superficialidad, me refiero a la costumbre de vivir nuestra propia vida muy por encima, a la manera de vivir en la que pocas cosas es posible vivirlas con plenitud y, sin embargo, de las cuales somos totalmente conscientes.

De hecho, es por las consecuencias de esta cultura de la sobrevivencia como digo, que me interesé en escribir sobre este tema, al que bien me pareció llamarlo así: frustración, enojo, estrés, violencia, competencia, miedo, tristeza, enfermedad, solitariedad, avaricia, aburrimiento, por mencionar algunas de las cosas que veo que padecen muchas personas hoy en día.

A veces se cree que lo que se vive es lo que se tiene que vivir y la resignación hace su aparición, o la adaptación conformista a las circunstancias, acompañada, sin duda, de coraje, frustración y amargura. Nos quejamos, nos revelamos, pataleamos, desobedecemos, hacemos berrinches, gritamos, nos indignamos y muchas cosas más a las cuales nos hemos acostumbrado también, pero al final muy poco cambiaron las cosas, en el mejor de los casos, o nada, como la mayoría de las veces, cuando no se empeoraron. Nos hemos acostumbrado a sobrevivir a nuestra propia vida, nos desgastamos en sufrirla más que en gozarla, incluso la hemos reducido a su mínima expresión para no complicarnos tanto, pero con ello le hemos restado gran parte de su sentido. En la cultura de la sobrevivencia la vida se nos hizo insípida, poco nutritiva, aburrida, pesada, incluso insoportable. Porque en realidad no estamos hechos para la sobrevivencia, sino para una existencia plena.

Cuando pensaba en esta situación recordaba que en coaching ontológico hablamos de la rueda de la vida, en la que se mencionan los aspectos que nos conforman, en los que ocupamos nuestra vida. Y me di cuenta que en esos mismos aspectos hemos aprendido muy bien a sobrevivir, es en cada uno de ellos donde nos estamos gastando casi que inútilmente. Precisamente en esos mismos aspectos es donde habría que dar el paso de la sobrevivencia a una vida plena, en sentido amplio y profundo.

Estos aspectos son: salud, emocionalidad, relaciones, estudios, trabajo, patrimonio, dinero, ocio. La pregunta obligada es: ¿vives o sobrevives en cada uno de estos aspectos? ¿Sientes medio cuerpo fuera del agua y crees bucear en las profundidades de tu vida? Cada uno de estos elementos de la rueda de la vida da para escribir mucho, pero mi intención era sólo hablarte de lo que llamo la cultura de la sobrevivencia. Así que la otra parte de este breve escrito… la escribes tú.


04/10/2014

lunes, 23 de octubre de 2017

LA CULTURA DEL MIEDO



Sergio García Díaz

Si me preguntaran qué de lo que hay en mi vida lo he elegido conscientemente, quizá me sorprendería al darme cuenta que mucho de lo que considero como parte de mi forma de ser, de pensar, de sentir, de vivir la vida, en realidad lo recibí de los demás en algún momento, quiero decir, lo aprendí así, lo adapté y ahora soy quien soy. Esto es lo mejor que humanamente hacemos. Y así es como vamos por la vida buscando ser felices, realizando nuestras metas, aprendiendo de los errores, viviendo las pérdidas, disfrutando las alegrías de la vida, conociendo a otras personas, relacionándonos con los problemas de la existencia y hasta con el mismo Dios.

Considero, sin embargo, como ya lo han dicho los grandes pensadores del desarrollo humano, que algo muy necesario que nos conviene aprender es, precisamente, a des-aprender. Sobre todo aquellas cosas que nos limitan y nos hacen, una y otra vez, menos felices, menos plenos, que nos quitan la paz o la serenidad para vernos capaces de mucho más de lo que consideramos.

De entre todo lo que podríamos des-aprender, el miedo es lo primero, pues lo aprendimos desde pequeños como una manera sana de convivencia y de autoprotección. Efectivamente, el miedo tiene una función muy clara, ponernos en alerta frente a posibles peligros. El problema es que perdimos de vista la “posibilidad” de los peligros y en su lugar sólo percibimos su necesidad, no hacemos más que ver cualquier peligro como inminente, como algo que debe ocurrir por el hecho de percibirlo. Aquí es donde surgen dos actitudes muy comunes: por un lado, al vernos enfrentados frecuentemente a peligros, resulta fácil volverse víctima de ellos, entonces la autocompasión surge como una manera de sentirse vivo y de pedir ayuda, aunque sea de una manera poco sana; por otro lado, nos autolimitamos al conceder al miedo que sentimos una fuerza mucho mayor que a nuestra capacidad de superar cualquier peligro.

Esta manera de vivir el miedo nos es presentada por todas partes, de todas las maneras posibles. La violencia actual que vive el mundo, guerras, epidemias, inestabilidad económica, hambre, muerte. La corrupción, la drogadicción, la pérdida de empleos, la enfermedad, incluso la vejez, la depresión, el suicidio. La escasez de alimentos, el alza de los precios. La soledad, los divorcios, el maltrato infantil, los feminicidios… podría seguir la lista. Lo que quiero señalar es que estamos tan acostumbrados a estas situaciones, que por consecuencia lo estamos a los que ello nos provoca: el miedo.

Tenemos miedo de enfermarnos, de perder el empleo, de estar solos, de que no nos quieran, de que nos roben, nos secuestren. Tenemos miedo de que nos critiquen, de que piensen que no somos capaces de hacer bien algo, de sufrir un accidente en la carretera, de que no nos alcance el dinero, de quedarnos sin comer. Tenemos miedo de cometer errores, de equivocarnos, de fallarle a alguien, de que Dios nos castigue o en su defecto, nos deje ignorados. Tenemos miedo de perder de vista nuestros objetivos, de flojear, de no ser los padres ejemplares, los hijos amados, los hermanos bien portados. Tenemos miedo de no vivir lo suficiente, de sufrir en la vejez, de perder a un ser querido. Tenemos miedo, a veces, hasta de nosotros mismos.

¿Qué cosas hacemos por miedo? Muchas, muchas que en vez de ayudarnos, nos van acabando poco a poco. Lo que surge del miedo o lo perpetúa o lo transforma en fortaleza. En este contexto, se vuelve necesario comprar seguro de gastos médicos, trabajar hasta el extremo, sacrificar gustos para no ponernos en peligro, alejar a los demás para que no se vuelvan amenazas, desconfiar de todos, portarme siempre bien para que Dios no me castigue o de plano negarlo, exigir a los demás que cumplan nuestras expectativas, en definitiva, quedarnos en nuestra zona de seguridad.

El miedo nos enferma de indiferencia, de autocomplacencia, de aislamiento, de soledad innecesaria y de desconfianza. Esto es lo que hay que des-aprender. Vivimos en una cultura del miedo a la propia vida, como si alguien fuera a salir vivo de ésta.

Yo creo que todas las maneras de vivir son válidas siempre que aporten un poco de felicidad a la vida de los demás. Sólo no vivas con miedo.

domingo, 22 de octubre de 2017

APRENDER DE NUEVO

Artículo escrito para la Revista Mundo en Español.
Publicado el 16 de junio de 2014.



Aquí les comparto el artículo completo:

APRENDER DE NUEVO

Sergio García Díaz

Estamos acostumbrados a muchas cosas que nos enseñaron desde pequeños. Nuestros padres, maestros y amigos nos heredaron muchas de sus ideas y formas de vida. Las aprendimos así y las hemos considerado ciertas por casi siempre. Pero poco estamos acostumbrados a “cuestionar” eso que aprendimos, esas maneras de ser que nos dijeron que eran las correctas porque se apegaban a normas de moralidad o de convivencia deseable, incluso ciertas formas de pensar la vida en familia, el amor, el trabajo, el negocio, etc. Sí, de mucho nos han servido porque sin ello no seríamos como somos. Pero, ¿todo eso realmente me ha ayudado a sentirme bien conmigo mismo? ¿Realmente me ha ayudado a conseguir lo que me he planteado, a sentirme pleno, realizado, feliz? ¿O más bien ha sido un impedimento? A veces esa herencia puede hacernos sentir mal por lo que pensamos o queremos hacer, porque cuando nuestro propio ser quiere expresarse diferente entra en conflicto con eso.

Hace poco leí una frase que me aclaró algunas cosas, muy importantes por cierto: “Los hijos no son el medio para que los padres se expresen, o realicen en ellos lo que no pudieron o lo que quisieran hacer. Son seres independientes que tienen todo el derecho de expresarse y ser ellos mismos.” Lo que pasa es que a veces no somos capaces de reconocer hasta dónde llega nuestra vida y de qué modo podemos hacerla compaginar con otras vidas, de manera que no sea una invasión o un robo de la libertad y originalidad ajenas. Si lo pensamos así, seguramente reconoceremos que algunas veces hemos visto a los demás como extensiones de nuestra manera de ser o de pensar, de nosotros mismos en pocas palabras. Hemos confundido el respeto con la obediencia y la no existencia del conflicto. No es tan grave el asunto, pues en realidad se trata sólo de aprender de nuevo algunas cosas, sobre todo aquellas que nos ponen en entredicho con nosotros mismos, que nos crean pesos innecesarios sobre los hombros y que nos mantienen anclados.
Además, aprender a ser libres, sin faltar a la justicia y al respeto, aprender a amar bien, sin atentar contra la dignidad de las personas, aprender a ser profesionales sin faltar a la honradez, son actos de valentía en un mundo donde, muchas veces, lo más fácil es lo mejor.

Una tarea como esta no es fácil para quienes tienen miedo de romper esquemas. Pero tal vez sea necesaria si queremos re-inventarnos, re-conocernos, ser auténticos y, hasta cierto punto, atrevidos. Los prejuicios, no nos dejan avanzar en un trato respetuoso, los miedos nos limitan en nuestra creatividad, por ejemplo. Así que para empezar dos aspectos que hay que examinar con humildad son precisamente nuestros prejuicios y nuestros miedos. Muchos de ellos los aprendimos. Y, hoy por hoy, no nos ayudan. A esto me refiero cuando digo que hay que aprender de nuevo, incluso me atrevo a decir que hay que aprender nuevas formas de aclarar nuestros prejuicios para que se conviertan en experiencias de vida más simples, hay que aprender nuevas maneras de vencer nuestros miedos para dar paso a la seguridad en uno mismo y a una vida proactiva y con un fuerte espíritu de lucha.

Recuero dos narraciones. La primera un tanto figurada, la segunda es real. Un águila creció entre gallinas por azares del destino y aprendió que no era propio de ella volar. Cuando vio a unas águilas en lo alto del cielo no se identificó con ellas aun cuando tenía mucho parecido. Los elefantes de los circos normalmente los tienen atados a un simple tronco o a un pequeño clavo en la tierra. Permanecen allí como si estuvieran encadenados a algo invencible para ellos. En el primer caso, el águila tenía unas alas más fuertes que las de las gallinas y, sin embargo, no aprendió a usarlas para volar, algo que bien podía hacer. Nunca descubrió que su ser pertenecía a los vientos y a la caza. En el segundo caso, los elefantes son domados para obedecer, para sentirse dominados, en muchos casos a base de golpes. Nunca llegan a descubrir lo fuerte que son.

Los prejuicios y los miedos que no nos hemos atrevido a cuestionar nos mantienen en tierra sin dejarnos desplegar nuestro potencial y sin dejarnos ver lo fuerte que somos y todo aquello de lo que somos capaces. Llega un momento en la vida, en que quizá nos damos cuenta que no es que no tengamos alas, o no que no seamos fuertes, sino que en realidad hay algo que nos detiene. Cuando eso pasa, estamos en el camino correcto del aprender de nuevo. Lo importante será plantearnos qué queremos aprender de manera diferente y para qué queremos aprenderlo. Sólo así la vida se vuelve un vuelo alto,  a veces muy alto, y un paso firme y fuerte, a veces muchos pasos firmes y fuertes. Así, todos aprendemos de nuevo.

Artículo para la revista Mundo en Español.

14 de junio de 2014.